No detengamos la entrada del Señor (a nuestras vidas), Papa Francisco

Todas las noticias

Francisco, durante su homilía


Francisco visita Carpi, la ciudad arrasada por el terremoto y que, como Lázaro, resurgió con fe

"Hay quien se queda atrapado en las ruinas de la vida, y quienes, como ustedes, reconstruyen con paciente esperanza"

El Papa pide "superar la atmósfera del sepulcro" y "no dejarse aprisionar por el pesimismo"

Jesús Bastante, 02 de abril de 2017 a las 11:09
Por muy pesado que sea el pasado, grande el pecado, fuerte la vergüenza, no detengamos la entrada del Señor. Quitemos la piedra que le impide entrar
El Papa saluda a un sacerdote impedido/>

El Papa saluda a un sacerdote impedido

  • El Papa saluda a un sacerdote impedido
  • Francisco, en Carpi
  • Francisco, en la plaza de los mártires de cArpi

(Jesus Bastante).- Francisco, repara mi iglesia, que amenaza ruina. El llamado de Cristo al poverello de Asís se repitió, ocho siglos después, en Carpi, azotada por un brutal terremoto en 2012. Hoy, en una visita relámpago, el Papa quiso acompañar a la población e inaugurar algunos de los templos reconstruidos.

"Hay quienes se quedan atrapados en las ruinas de la vida, y quienes, como ustedes, reconstruyen con paciente esperanza", les agradeció. Francisco salió de una Roma bajo un aguacero, y llegó a Carpi entre nubes, aunque poco a poco fue saliendo el sol. El fin de semana pasado se reabrió la catedral de la diócesis, y hoy todo el pueblo acompañaba, en la calle, al Papa. En una misa a las puertas del templo, en la Piazza Martiri, rodeada aún de andamios, pero en plena reconstrucción. Como la Iglesia que capitanea Francisco, necesitada de despertar como Lázaro en el Evangelio de hoy.

En el pasaje evangélico, arrancó el Papa en su homilía, "parece que todo se ha terminado. La tumba está cerrada por una gran piedra, alrededor solo hay llanto y desolación". "También Jesús se conmovió profundamente y se sintió emocionado. Se echó a llorar", recordó Francisco.

Porque "el corazón de Jesús está cerca del que sufre. No hace desaparecer mágicamente el mal, sino que sufre con, comparte el sufrimiento, lo hace propio y lo transforma". En medio del desconsuelo general de los amigos y la familia de Lázaro, "Jesús no se deja llevar, aún sufriendo él mismo, y se pone en camino hacia el sepulcro". "No se deja llevar por el ambiente resignado que lo rodea, sino que reza con confianza (...). Jesús ofrece el ejemplo de como debemos movernos. No huye del sufrimiento, pero no se deja aprisionar por el pesimismo".

 

 

El Papa destacó cómo, alrededor del sepulcro, se dan dos procesos: el encuentro y el desencuentro. "Por un lado, la desilusión por la angustia de la muerte, a menudo experimentamos esta oscuridad interior que parece insondable". Una realidad, que existe, pero que se contrapone "con la esperanza que vence a la muerte, y que tiene un nombre. La esperanza se llama Jesús. Él no trae un remedio para alargar la vida, sino que proclama Yo soy la Resurrección y laVida, quien cree en mí, aunque muere, vivirá".

Por eso, ordena quitar la piedra del sepulcro y llama con fuerza a Lázaro. "¡Sal afuera!". También, a los Lázaro de hoy. "También nosotros estamos llamados a decidir de que parte estamos. Si de la parte del sepulcro o de la parte de Jesús. Hay quien se deja arrastrar por la tristeza, y quien se mueve en la esperanza, hay quien se eleva de los escombros y reconstruye con paciente esperanza", señaló, mirando a aquellos que se sobrepusieron a la catástrofe sísmica hace cinco años.

"Frente a los grandes por qué de la vida -añadió Bergoglio-, hay dos caminos: quedarnos a mirar con melancolía los sepulcros de ayer y de hoy, o acercar a Jesús a nuestros sepulcros. Sí, porque cada uno de nosotros tiene ya un pequeño sepulcro. Una herida, un mal que nos han hecho, un rencor que no nos da tregua, un remordimiento que vuelve, un pecado que no se logra superar". Y, una vez allí, "invitemos a Jesús".

 

 

"Es extraño, pero a menudo preferimos estar solos en las grutas oscuras que tenemos dentro, antes que invitar a Jesús", lamentó el Papa. "Nos sentimos tentados de buscarnos a nosotros mismos, lamiéndonos las heridas, ante que ir a Él". "No nos dejemos aprisionar por la tentación de permanecer solos y sin esperanza, llorando por lo que nos sucede. No cedamos a la lógica inútil e inconcluyente del miedo, a repetir, resignados, que todo va mal y que nada es como antes. Esta es la atmósfera del sepulcro".

El Señor, en cambio, "desea abrir el camino de la vida", explicó Francisco, quien gritó a los fieles, "¡Lázaro, Lázaro, levántate, sal afuera! Esto nos pide el Señor. Y él está a nuestro lado para hacerlo". Porque las palabras de Jesús "están dirigidas a nosotros". "Sal afuera de este ovillo de tristeza sin esperanza, desata las vendas del miedo, de las inquietudes que te bloquean. Dios disuelve los nudos, siguiendo a Jesús aprendemos a no anudar nuestras vidas alrededor de los problemas. Los problemas siempre estarán, cuando resolvemos unos, aparece otro. Pero la estabilidad se llama Jesús, que es la resurrección y la vida".

"Con Él -prosiguió el Papa-, la alegría habita en el corazón, el temor se transforma en confianza y ofrenda de amor. Y aunque no faltarán los pesos, siempre estará su mano, que ayuda, su palabra que anima y nos dice a todos nosotros, a cada uno de nosotros, sal afuera, ven a mí". Porque las palabras de Jesús a Lázaro son palabras para todo hombre y mujer, ayer y hoy. "A todos nos dice 'no tengáis miedo'. También a nosotros. Hoy, como entonces, Jesús dice 'Quitad la piedra'. Por muy pesado que sea el pasado, grande el pecado, fuerte la vergüenza, no detengamos la entrada del Señor. Quitemos la piedra que le impide entrar".

"Este es el momento, el tiempo favorable para remover todas estas cosas", clamó Francisco, quien pidió que seamos "testigos que suscitan y resucitan la esperanza de Dios en los corazones cansados y apesadumbrados por la tristeza. Nuestro anuncio es la alegría del Señor que vive".

 

 

 

 


Texto de la homilía del Papa pronunciada por el Papa

Las Lecturas de hoy nos hablan del Dios de la vida, que vence la muerte. Detengámonos, en particular, sobre el último de los signos milagrosos que Jesús realiza antes de su Pascua, en el sepulcro de su amigo Lázaro.

Ahí todo parece terminado: la tumba está cerrada y la piedra e grande; entorno solo llanto y desolación. También Jesús está estremecido por el misterio dramático de la perdida de una persona querida: "Se conmovió profundamente" y estaba "muy turbado" (Jn, 11,33). Después "estalló en llanto" (v. 35) y fue al sepulcro, dice el Evangelio, "todavía conmovido una vez más" (v. 38). Y este es el corazón de Dios: lejano del mal pero cercano a quien sufre; no hace desaparecer el mal mágicamente, sino que comparte el sufrimiento, lo hace propio y lo transforma habitándolo.

Pero notemos que, en medio de la desolación general por la muerte de Lázaro, Jesús no se deja llevar por el desánimo, Jesús no se deja transportar por la desesperación. Aun sufriendo Él mismo, pide que se crea firmemente; no se cierra en el llanto, sino que conmovido se pone en camino hacia el sepulcro. No se deja capturar del ambiente emotivo resignado que lo circunda, sino que reza con confianza y dice: "Padre, ti doy gracias" (v. 41). Así, en el misterio del sufrimiento, frente al cual el pensamientos y el progreso se rompen como moscas sobre el vidrio, Jesús nos ofrece el ejemplo de cómo comportarse: no huye del sufrimiento, que pertenece a esta vida, pero no se deja aprisionar por el pesimismo.

En torno al sepulcro se realiza así un gran encuentro-desencuentro. Por una parte está la gran desilusión, la precariedad de nuestra vida mortal que, atravesada por la angustia de la muerte, experimente muy seguido la derrota, una oscuridad interior que parece insuperable. Nuestra alma, creada para la vida, sufre sintiendo que su sed de eterno bien es oprimido por un mal antiguo y oscuro. Por una parte es ésta derrota del sepulcro. Pero de la otra parte está la esperanza que vence la muerte y el mal y que tiene un nombre: Jesús. Él no trae un poco de bienestar o algún remedio para alargar la vida, pero proclama: "Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí aunque muera, vivirá" (v. 25). Por esto dice: "quiten la piedra"(v. 39) y a Lázaro grita con voz fuerte: "Sal fuera" (v. 43).

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros estamos invitados a decidir de qué parte estar. Se puede estar de parte del sepulcro o se puede estar de parte de Jesús. Hay quienes se dejan encerrar por la tristeza y quien se abre a la esperanza. Hay quienes se quedan atrapados en las ruinas de la vida, y quienes, como ustedes, con la ayuda de Dios, reconstruye con paciente esperanza.

Frente a los grandes "por qué" de la vida tenemos dos caminos: quedarse mirando melancólicamente las tumbas de ayer y de hoy, o acercar a Jesús a nuestros sepulcros. Sí, porque cada uno de nosotros tiene un pequeño sepulcro, un área un poco muerta dentro del corazón: una herida, mal sufrido o realizado, un rencor que no amainó, un remordimiento que regresa, un pecado que no se puede superar. Identifiquemos hoy estos nuestros sepulcros y allí invitemos a Jesús. Es extraño, pero a menudo preferimos estar solos en las grutas oscuras que llevamos dentro, en vez de invitar a Jesús; estamos tentados de buscar siempre a nosotros mismos, dando vueltas y hundiéndonos en la angustia, lamiéndonos las heridas, en lugar de ir a Él, que nos dice: "Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré." (Mt 11:28). No nos dejemos aprisionar por la tentación de quedarnos solos y desesperanzados sintiendo lástima por nosotros mismos por lo que nos sucede; no cedamos a la lógica inútil y no concluyente del miedo, repitiendo resignados que todo está mal y nada es como antes. Esta es la atmósfera del sepulcro; el Señor, en cambio, quiere abrir el camino de la vida, aquel del encuentro con Él, de la confianza en Él, de la resurrección del corazón.

Sentimos entonces, dirigidas a cada uno de nosotros, las palabras de Jesús a Lázaro: "¡Sal!"; sal del atasco de la tristeza sin esperanza; disuelve las vendas de miedo que obstruyen el camino; los lazos de las debilidades y de las preocupaciones que te bloquean, repite que Dios desata los nudos. En el seguimiento de Jesús aprendemos a no atar nuestras vidas en torno a los problemas que se enredan: siempre habrá problemas y, cuando resolvemos uno, puntualmente llega otro. Podemos, sin embargo, encontrar una nueva estabilidad, y esta estabilidad es precisamente Jesús, que es la resurrección y la vida: con él la alegría habita en el corazón, renace la esperanza, el dolor se transforma en paz, el temor en confianza, la prueba en ofrenda de amor. Y aunque los pesos no faltarán, siempre estará su mano que levanta, su Palabra que alienta y te dice: "¡Sal! ¡Ven a mí! "

También a nosotros, hoy como entonces, Jesús nos dice: "Quítate la piedra." Por cuan pesado sea el pasado, grande el pecado, fuerte la vergüenza, nunca bloqueemos el ingreso al Señor. Quitemos delante de Él aquella piedra que le impide entrar: este es el tiempo favorable para remover nuestro pecado, nuestro apego a las vanidades del mundo, el orgullo que nos bloquea el alma.

Visitados y liberados por Jesús, pidamos la gracia de ser testigos de vida en este mundo que tiene sed, testigos suscitan y resucitan la esperanza de Dios en los corazones cansados ​​y abrumados por la tristeza. Nuestro anuncio es la alegría del Señor viviente, que aún hoy dice, como a Ezequiel: "Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel" (Ez 37,12).

 www.religiondigital.com