La reforma litúrgica va, Papa Francisco

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Papa Francisco: “La reforma litúrgica es irreversible”

Audiencia a los que participaron en la 68a Semana Litúrgica Nacional, en ocasión de los 70 años de la fundación del CAL: «Hay que trabajar en la dirección del Concilio, superando lecturas infundadas y superficiales, recepciones parciales y prácticas que la desfiguran». «La Iglesia está viva y no persigue poderes mundanos» 

El Papa Francisco


Pubblicato il 24/08/2017
Ultima modifica il 24/08/2017 alle ore 15:47
CIUDAD DEL VATICANO

«La reforma litúrgica es irreversible». Con seguridad y con la «autoridad magisterial», fruto del camino que surgió del momento histórico que fue el Concilio Vaticano II, el Papa Francisco lo afirmó en su discurso a los que participaron en la 68a Semana Litúrgica Nacional, reunidos en Roma por los 70 años de la fundación del Centro de Acción Litúrgica. 

Concilio y reforma «son dos eventos directamente vinculados», «no florecieron improvisamente, sino que fueron preparados» por largo tiempo, subrayó el Papa, quien también recordó todas las etapas, «substanciales y no superficiales», recorridas en este arco temporal de la historia de la Iglesia. Empezando por las respuestas que dieron sus predecesores ante los «disgustos percibidos en la oración eclesial» que dieron vida al llamado «movimiento litúrgico». «Cuando se advierte una necesidad, aunque no haya una inmediata solución, existe la necesidad de ponerse en movimiento», dijo Bergoglio. 

 

Por ello recordó que san Pío X «dispuso una reordenación de la música sacra y la reintroducción celebrativa del domingo, e instituyó una comisión para la reforma general de la liturgia». Y Pío XII abrazó el proyecto reformador con la encíclica “Mediator Dei”, además de haber tomado «decisiones concretas sobre la versión del Salterio, la suavzación del ayuno eucarístico, el uso de la lengua viva en el Ritual, la importante reforma de la Vigilia Pascual y de la Semana Santa». 

 

Después llegó la “Sacrosantum Concilium”, «buen fruto del árbol de la Iglesia», cuyas líneas de reforma general «respondían a las necesidades reales y a la concreta esperanza de una renovación: se deseaba una liturgia viva para una Iglesia completamente vivificada por los misterios celebrados». 

 

Se trataba, insistió Francisco citando las palabras de Pablo VI cuando explicó los primeros pasos de la reforma anunciada, «de expresar de manera renovada la perenne vitalidad de la Iglesia en oración, teniendo premura “por que los fieles no asistan como extraños y mudos espectadores a este misterio de fe, sino, comprendiéndolo bien mediante los ritos y las oraciones, participen activamente en la acción sacra consciente, plena y activamente”». 

 

Precisamente en los libros litúrgicos promulgados por el Beato Montini encontró su forma la dirección que había indicado el Concilio, «según el respeto de la sana tradición y del legítimo progreso», que fue bien recibida por los mismos obispos que participaron en la reunión y ya, desde hace 50 años, «universalmente en uso» en el Rito Romano. Sin embargo, observó el Pontífice, «la aplicación práctica todavía en acto», puesto que «no basta reformar los libros litúrgicos para renovar la mentalidad». 

 

El proceso que pusieron en marcha los libros reformados por los decretos conciliares todavía exige «tiempo, recepción de fe, obediencia práctica, sabia actuación celebrativa por parte, primero, de los ministros ordenados, pero también de los demás ministros, los cantores y todos los que participan en la liturgia», explicó Francisco. «La educación litúrgica de Pastores y fieles» es, pues, un «desafío» que se debe afrontar «cada vez nuevamente». 

 

Todavía es mucho el trabajo: hay que volver a descubrir «los motivos de las decisiones tomadas con la reforma litúrgica, superando lecturas infundadas y superficiales, recepciones parciales y prácticas que la desfiguran», afirmó el Papa. «No se trata –añadió– de replantear la reforma, revisando sus decisiones, sino de conocer mejor las razones subyacentes, también mediante la documentación histórica, así como de interiorizar los principios que la inspiraron y de observar la disciplina que la regula». Porque «la reforma litúrgica es irreversible». 

 

El Papa Francisco reflexionó también sobre el tema que impulsó los trabajos del CAL, «Una liturgia viva para una Iglesia viva». «La liturgia está “viva”», recordó Bergoglio, gracias a la «presencia real del misterio de Cristo». Sin ella, «no hay ninguna vitalidad litúrgica». «Así como no hay vida humana sin latido cardíaco, sin el corazón latente de Cristo no existe acción litúrgica». 

 

Entre los signos visibles de este Misterio invisible está «el altar», signo «de Cristo piedra viva», subrayó el Pontífice. Por ello, «el altar, centro hacia el que en nuestras iglesias converge la atención, es dedicado, ungido con el crisma, inciensado, besado, venerado: hacia el altar se orienta la mirada de los orantes, sacerdote y fieles, convocados por la santa asamblea alrededor de él; sobre el altar se pone la ofrenda de la Iglesia que el Espíritu consagra sacramento del sacrificio de Cristo». 

 

Además, añadió el Papa Francisco, la liturgia «es vida para el pueblo entero de la Iglesia», porque, por su misma naturaleza, ella es «popular y no clerical». Es, es decir, «una acción para el pueblo, pero también del pueblo», «la acción que Dios mismo cumple a favor de su pueblo, pero también la acción del pueblo que escucha a Dios que habla y reacciona alabándolo, invocándolo, acogiendo la inextinguible fuente de vida y de misericordia que fluye de los santos signos». 

 

Esta Iglesia orante «reúne a todos los que tienen el corazón en escucha del Evangelio, sin descartar a nadie». Son convocados «pequeños y grandes, ricos y pobres, muchachos y ancianos, sanos y enfermos, justos y pecadores», y no hay ningún obstáculo de «edad, raza, lengua o nación». 

 

«El alcance “popular” de la liturgia nos recuerda que ella es incluyente y no excluyente, creadora de comunión con todos pero sin homologar, puesto que llama a cada uno, con su vocación y originalidad, a contribuir en la edificación del cuerpo de Cristo», acotó el Papa. «La Eucaristía no es un Sacramento “para mí”, es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo, el santo pueblo fiel de Dios». Entonces, no hay que olvidar la “pietas” de todo el pueblo de Dios expresada en la liturgia que se multiplica en «píos ejercicios y devociones» que deben ser «valorados y animados en armonía con la liturgia», aconsejó el Papa. 

 

Tampoco hay que olvidar que «la liturgia es vida y no una idea que hay que comprender». La liturgia «lleva a vivir una experiencia iniciática, es decir que transforma la manera de pensar y de comportarse, y no a enriquecer el propio bagaje de ideas sobre Dios». Las «reflexiones espirituales» son completamente otra cosa: «hay una bella diferencia entre decir que existe Dios y escuchar que Dios ama, así como estamos, aquí y ahora. En la oración litúrgica experimentamos la comunión significada no por un pensamiento abstracto, sino por una acción cuyos agentes son Dios y nosotros, Cristo y la Iglesia», aclaró Bergoglio. 

 

Por esta razón, los ritos y la oración se convierten «en una escuela de vida cristiana» «por lo que son y no por las explicaciones que damos de ellos». «La Iglesia –añadió– está verdaderamente viva si, formando un solo ser vivo con Cristo, es portadora de vida, es materna, es misionera, sale al encuentro del prójimo, solicita servir sin perseguir poderes mundanos que la vuelven estéril». 

 

El Obispo de Roma extiende, al final, la mirada e insiste en que la «riqueza de la Iglesia en oración, en cuanto “católica”, va más allá del Rito Romano, que, a pesar de ser el más extendido, no es el único». «La armonía de las tradiciones rituales, de Oriente y de Occidente, por el soplo del mismo Espíritu da voz a la única Iglesia orante por Cristo, con Cristo y en Cristo, para la gloria del Padre y para la salvación del mundo», explicó. 

 

Y concluyó animando a los responsables del Centro de Acción Litúrgica a proseguir el propio trabajo de «servir la oración del pueblo santo de Dios», manteniéndose fieles a la inspiración original, y a «ayudar a los ministros ordenados, como a los demás ministros, a los cantores, a los artistas, a los músicos, a cooperar para que la liturgia sea “fuente y culmen de la vitalidad de la Iglesia”». 

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