La patología de la abstracción eclesial

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La Iglesia de siempre y la patología de la abstracción

Después del Año Extraordinario, no es necesario inventarse cosas nuevas. El criterio práctico que ha sugerido y que sigue Papa Francisco en la Carta apostólica post-jubilar «Misericordia et misera» es el de «facilitar» el encuentro con la misericordia de Dios
 
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Un sacerdote confesando


Pubblicato il 23/11/2016
Ultima modifica il 23/11/2016 alle ore 18:01
CIUDAD DEL VATICANO


Seguir a Jesús. Gozar de su misericordia mediante los sacramentos. Servir al prójimo, empezando por los pobres, en las obras de misericordia corporal y espiritual. Después del tiempo especial del Jubileo de la Misericordia, la Iglesia de Roma retoma su vía «ordinaria». El Sucesor de Pedro, con la Carta Apostólica «Misericordia et misera» ha indicado a todos los pasos que hay que dar y la dirección que hay que seguir. Para que la Iglesia sea Iglesia y no otra cosa.

El Año Santo de la Misericordia, por el tema celebrado, invitaba de por sí a dirigir la mirada a la condicional ordinaria y ferial de la Iglesia. «La misericordia, de hecho», escribe Papa Francisco en su última Carta apostólica, «no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma esencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre».

El obstáculo para reconocer que la misericordia es el tejido íntimo de la naturaleza misma de la Iglesia y de su obra, señala Papa Francisco en la «Misericordia et misera», no es la fragilidad pecaminosa de los hombres y tampoco las resistencias de los mismos aparatos clericales. El Obispo de Roma sugiere que el dinamismo eficaz de la misericordia, que mantiene viva a la Iglesia instante a instante, es desconocido por un pecado intelectual, el pecado de la «abstracción». Lo hace proponiendo al comenzar la Carta post-jubilar el episodio evangélico del encuentro entre Jesús y la adúltera, es decir el encuentro (como ya había dicho san Agustín) entre la «mísera», condenada a la lapidación según la ley religiosa que los hombres atribuían a Dios, y Jesús, la «misericordia» en persona, quien, al salvarla y perdonarla, «ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario». En ese episodio evangélico, explica Papa Francisco, «no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido su deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor».

La abstracción, en sus diferentes acepciones, desde las neo-rigoristas hasta las iluminadas, pretende negar la dinámica misma con la que se comunica la salvación prometida por el Evangelio. No soporta reconocer que solo la mirada real de Cristo, la acción concreta y amorosa de su perdón, repite Francisco, «transforma y da vida». Que es su perdón, y no el esfuerzo humano coherente con modelos antropológicos o con códigos de comportamiento moral, lo que libera de los pecados y lo que cura incluso la inclinación a recaer en ellos.

La patología de la abstracción dicta consignas también en el debate eclesial. Le horroriza hacer cuentas con las vidas reales cambiadas y salvadas por el encuentro real con la gracia misericordiosa de Cristo. Esta dinámica, tan sencilla y liberadora, también fue oscurecida en buena medida durante los dos Sínodos sobre la familia. Proceden con los falsos pasos de la abstracción, los que construyen campañas clerico-mediáticas contra el Papa, disfrazándolas con el lenguaje de los procedimientos del ex Santo Oficio.

El camino que sugiere Papa Francisco, después del Año Santo de la Misericordia, no procede según abstracciones. No dispone nuevas estrategias «a la altura de los tiempos». La «conversión pastoral» que él mismo ha sugerido no es un enésimo y supuesto programa de movilización eclesial. El obispo de Roma invita a reconocer que solo «la experiencia gratuita» de la misericordia puede dar una mirada y un corazón nuevo para hacer las cosas de siempre, para vivir y proponer las dinámicas y los factores elementales con los que la vida de gracia se comunica en la Iglesia: la Sagrada Escritura (« la gran historia que narra las maravillas de la misericordia de Dios»), las liturgias, los sacramentos (empezando por la confesión, en donde «la celebración de la misericordia tiene lugar de modo especial»), las obras de la misericordia, el servicio a los pobres. «Nuestras comunidades continuarán con vitalidad y dinamismo la obra de la nueva evangelización —escribe el Papa— en la medida en que la “conversión pastoral”, que estamos llamados a vivir, se plasme cada día, gracias a la fuerza renovadora de la misericordia. No limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva».

Después del Año de la Misericordia no es necesario inventar cosas nuevas. El criterio práctico que sigue y que sugiere Papa Francisco es simplemente el de facilitar el encuentro con la misericordia de Dios, para que sea posible para todos, sobre todo mediante el sacramento de la confesión. A este criterio responden la invitación que hace a los confesores de ser pacientes, generosos y magnánimos a la hora de perdonar, actuando «como Jesús ante la mujer adúltera optó por permanecer en silencio para salvarla de su condena a muerte», porque también el sacerdote es llamado por cada penitente «a su propia condición personal: pecador, pero ministro de la misericordia». Responden al mismo criterio también las disposiciones sobre la prórroga del trabajo de los «Misioneros de la Misericordia», sobre la dispensa concedida a todos los sacerdotes para que absueltas del pecado de aborto y sobre la insistencia en la plena validez y legitimidad de las absoluciones sacramentales recibidas de sacerdotes de la Fraternidad lefebvriana de San Pío X, ordenados por obispos que ya no están excomulgados, pero que siguen separados de la Sede Apostólica. Enfatizadas por los medios de comunicación globales según la exhausta retórica del «cambio bergogliano», también las medidas sobre la confesión del pecado del aborto responden a una práctica sacramental que siguen sacerdotes en todo el mundo, que con el sentido de pastores absolvían de tal pecado, para después comunicar periódicamente al propio obispo que habían absuelto en el confesionario de ese pecado grave.

La abstracción para Papa Francisco es una postura incompatible con la misericordia, que por su misma naturaleza «se hace visible y tangible en una acción concreta y dinámica». No hay márgenes, repite el obispo de Roma, para inventarse una teoría de la misericordia, puesto que el don recibido de la misericordia de Dios florece siempre, por gracia, en las obras de misericordia corporal y espiritual. El Papa, alejándolas de cualquier polémica anti-devocional, la define como una «prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social», eficaz hasta nuestros días. La Iglesia, pues, «está llamada a ser la “túnica de Cristo” para revestir a su Señor» y para «empeñarse en ser solidaria con aquellos que han sido despojados, para que recobren la dignidad que les ha sido arrebatada».

De esta manera, Papa Francisco reconoce que los pobres son los destinatarios predilectos de la misericordia, según los dictámenes del Evangelio, y lanza la idea de la «Jornada Mundial de los Pobres», en el domingo anterior al que se celebra Cristo Rey, al final del año litúrgico. En el signo de las palabras que usa el Apóstol Pablo, cuando describe el consejo que le dieron Pedro, Santiago y Juan al final del Concilio de Jerusalén: «Nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir».
 
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