La idiotez de M. Heidegger y la sensatez de su hermano menor

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Heidegger sensato, Heidegger insensato

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Fotografía de los hermanos Martin y Fritz Heidegger ARCHIVO MESSKIRCHEDITORIAL HERDER

La correspondencia que mantuvo el pensador alemán con su hermano Fritz deja en claro su adhesión al Reich, de quien elogiaba "su grandeza como hombre de Estado", y su simpatía hacia el partido nazi, al que consideraba el único capaz de alcanzar "la salvación de Europa".

Los nazis no son una pequeña cuestión de partido político, porque "lo que está en juego es la salvación de Europa". Lo dice muy convencido en una carta de diciembre de 1931 el filósofo Martín Heidegger. Su corresponsal es su hermano Fritz, un hombre sensato que se resiste a creer en que los nazis sean una solución, que se queja del victimismo alemán: considera que la gestión, después de la derrota en la guerra, no solo no ha sido catastrófica sino todo lo contrario, ha sido admirable, podía haber sido muchísimo peor, y la prueba de ello es que, aunque persista la crisis económica y la pobreza (da las gracias de los paquetes de comida que su hermano envía), Alemania vuelve a hinchar el pecho y hacerse el gallito con las necedades de Hitler, de quien su hermano, para sorpresa suya, le envía un ejemplar de Mi Lucha avisándole que la parte biográfica es muy floja pero el programa para la construcción de una nueva Alemania es suficientemente enérgica.

El filósofo, para convencer a su hermano de que tiene que tomar partido, le escribe en julio de 1932: "Supongo que no te hallas entre los admiradores de Bruning y dejas el centro para las mujeres y los judíos". Bruning era el líder centrista que había sido nombrado canciller, y que trató de contener el auge nacionalista precisamente invistiéndose de nacionalismo, renunciando a una unión europea con Francia y exigiendo una revisión de las fronteras alemanas tasadas por Versalles. Pujó también por desarmar y prohibir los grupos paramilitares con que se acorzaban los nazis. Impuso un régimen de austeridad que acabaron saboteando los grandes industriales. El presidente Hinderburg lo dejó caer para suplirlo por Von Papen, centrista católico, que hizo de puente para la llegada de Hitler, pues, como demuestra el libro de Thyssen Yo financié a Hitler, el nacionalsocialismo era ante todo una gran oportunidad de hacer negocios.


Heidegger, sin oler siquiera los intereses económicos que corren por debajo del movimiento nazi, está convencido de que Hitler y el nacionalsocialismo son, no sólo la solución para Alemania, sino que también representan la salvación del humanismo, de la idea de Europa. En abril de 1933 le escribe a su hermano: "Día a día se muestra hasta qué punto crece la grandeza de Hitler como hombre de Estado y todo el que tiene ojos para ver y oídos para oír y corazón para actuar se siente arrastrado a un auténtico y profundo enardecimiento". En mayo de ese mismo año toma la decisión de hacerse miembro del Partido "no sólo por persuasión interna sino también por la conciencia de que es el único camino a la purificación". Invita a su hermano a que se una a la causa, sin prisa, que lo medite, que se deje convencer por el esplendor de la nueva Alemania que viene de la mano de Hitler.

Nadie le pide a un filósofo que sea futurólogo, pero no queda más remedio que pedirle cuentas si precisamente se las da de futurólogo, si utiliza su autoridad como filósofo para hacer vaticinios, si cree que sus indagaciones en materias como el tiempo, el ser, la muerte, lo dotan de unas herramientas esenciales para interpretar la realidad en la que vive, entonces no cabe sino reprocharle sus redundantes errores. Es cierto que acertar una quiniela el lunes es bastante fácil, pero quien el viernes hace sus apuestas seguro de que tiene la combinación ganadora no podrá el lunes acogerse a ninguna ingenuidad que lo excuse. Cuando Heidegger empieza a no acertar en sus vaticinios le pide a su hermano que no preste demasiada atención a algunos asuntos puntuales -la noche de los cristales rotos- que en nada hacen desmerecer la empresa de rectitud y honor en la que se embarca Alemania. Rectitud, esa es la palabra que suele utilizar, allí donde es imposible saber cuál es la verdad. Seguramente por ello, ante las evidencias de la Shoah, Heidegger no pronunció una sola palabra: en su correspondencia apenas hay referencias a la cuestión judía. Y las que hay son sólo minucias vestidas de queja a las que no se le da mayor relevancia: por ejemplo se queja en algún momento de que se le ha multiplicado el trabajo porque los profesores judíos ya no están. Como bien apuntara Paul Celan, a Heidegger no lo estrangularon tanto sus opiniones -que son finalmente meras elecciones- como sus omisiones -que son, lastimosamente, una evidencia de poca vergüenza.

De todas maneras, aunque no esté del todo seguro de si el afán invasivo de Hitler está convenientemente medido con arreglo a su propia fuerza, no puede impedir que de vez en cuando el hooligan que hay en él se ponga gallito ante las primeras victorias fáciles de los nazis. En mayo de 1940 le escribe a su hermano: "El destino de Bélgica hará ver a los neutrales que Dinamarca siguió el mejor camino", haciendo referencia a que Dinamarca capituló ante la amenaza de bombardeo de Copenhague el primer día de invasión nazi, en tanto que Bélgica se rindió después de 18 días de resistencia que provocaron cientos de bajas. Para Heidegger lo adecuado era que los países de Europa siguieran el ejemplo danés y se rindieran a los nazis en cuanto les amenazaran con bombardear una capital, eso evitaría mucho dolor. Como en tantas otras ocasiones, también en esto se equivocaba Heidegger, que más adelante, cuando unos cuantos reveses le mostrasen a Alemania y a Hitler que no iban a darse un paseo triunfal por Europa sin pagarlo caro, Heidegger trata de animar a su hermano para que no haga caso más que a los informes emitidos por el Ministerio de Guerra alemán: todo lo que no proceda de esa fuente, no debe ser tenido en cuenta.

La obstinada ceguera de Heidegger se saldó, una vez vencida Alemania, con un informe de desnazificación que lo situaba como simpatizante del nazismo. Antes de que llegara ese informe -acompañado de una petición de rehabilitación firmada por ilustres pensadores y por el hecho de que hubiera guardado silencio desde el año 45, en que pidió jubilarse-, Heidegger le escribe una patética carta a su hermano culpando a la propia Alemania del desastre, acusando a los alemanes de volverse contra sí mismos y ponerse a lamerle la mano a Churchill. A pesar de sus altos pensamientos ordeñados en sus paseos solitarios por el bosque, ahí vuelve a sonar Heidegger como el aficionado de mal perder que, antes de romper su quiniela, maldice a los jugadores de su equipo por la derrota.

Es verdad que Heidegger no llegó, como hizo Habermas, literalmente, a comerse ninguna de sus palabras. Pero el espectáculo no puede ser más deprimente, como siempre que contemplamos a una fuerza de la naturaleza demostrándonos lo cerca que están el genio y el idiota. A pesar de que el libro -que prosigue la edición de la Correspondencia del filósofo alemán- lo firman ambos hermanos, en realidad del hermano pequeño de Heidegger hay muy pocas cartas, lo que ayuda a que las pinceladas de sensatez no sean muchas en el libro. Fritz Heidegger admiraba incondicionalmente a su hermano, le hacía de copista (durante los años de la guerra Heidegger se empleó en estudiar a Holderlin, en reavivar sus estudios de Parménides y se ocupó además de la edición de las obras de Nietzsche) y quería escribir un ensayo sobre la historia de Alemania para disolver todos los fáciles discursos que hablaban de la culpa y del afán de autodestrucción como motivos esenciales que explicasen lo que acababa de acontecer. En todo momento, contra las lecciones y vaticinios del gran filósofo, se muestra aquí como alguien mucho más sensato que su encendido hermano.