La locura del amor de Dios

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“¿El amor de Dios por nosotros? Es loco, llora por nuestra infidelidad”

El Papa en Santa Marta: «Cuidado, porque corremos sl peligro de no reconocer la visita de Cristo» y su deseo de nuestra felicidad, como Jerusalén, frente a la que Jesús derrama sus lágrimas
REUTERS

El solideo blanco de Papa Francisco


Pubblicato il 17/11/2016
Ultima modifica il 17/11/2016 alle ore 13:36
CIUDAD DEL VATICANO


Jesús, Hijo del Señor, llora frente a Jerusalén, que no ha reconocido la visita de Cristo. A partir de esta dramática escena se inspiró Papa Francisco para hablar del amor de Dios «por su pueblo», amor «loco», que lo conduce a las lágrimas por «nuestra infidelidad». Este fue el argumento de la homilía que hoy, 17 de noviembre de 2016, el Pontífice pronunció durante la misa en la capilla de la Casa Santa Marta, según indicó la Radio Vaticana.

El Hijo de Dios llora porque recuerda la historia de su pueblo, llora por un amor «sin medida» y por la respuesta del pueblo «egoísta, desanimada, adúltera e idólatra». Es por ello que el Pontífice lo llama «amor loco de Dios por su pueblo: parecería una blasfemia, aunque no lo es. En efecto, el Señor recuerda algunos pasajes de los profetas, como Oseas y Jeremías, cuando expresan el amor de Dios por Israel. Además – prosiguió el Papa – en el Evangelio del día Jesús se lamenta también “porque no has reconocido el tiempo en que has sido visitada”».

«Esto es lo que causa dolor al corazón de Jesucristo, esta historia de infidelidad, esta historia de no reconocer las caricias de Dios, el amor de Dios, de un Dios enamorado que te busca, que quiere que también tú seas feliz. Jesús vio en aquel momento lo que le esperaba como Hijo. Y lloró… ‘Porque este pueblo no ha reconocido el tiempo en que ha sido visitado’. Este drama no ha sucedido sólo en la historia ni ha terminado con Jesús. Es el drama de todos los días. Es también mi drama. Cada uno de nosotros puede decir: ‘¿Yo sé reconocer el tiempo en el que he sido visitado? ¿Dios me visita?’».

Papa Bergoglio recordó que anteayer la Liturgia nos invitaba a reflexionar sobre tres momentos de la visita de Dios: para corregir, para entrar en diálogo con nosotros, y «para invitarse a nuestra casa». Cuando Dios quiere corregir, invita a cambiar de vida. Y cuando quiere hablar con nosotros dice: «Yo llamo a la puerta, llamo. ¡Ábreme!». Y a Zaqueo, para hacerse invitar a su casa le dice que baje. De modo que el Pontífice sugirió también que nos preguntemos cómo es nuestro corazón: «Hacer un examen de conciencia y preguntar “si sé escuchar las palabras de Jesús”, cuando llama “a mi puerta” y dice: ¡Corrígete!”. En efecto – añadió Francisco –  cada uno corre un riesgo».

«Cada uno de nosotros puede caer en el mismo pecado del pueblo de Israel, en el mismo pecado de Jerusalén: no reconocer el tiempo en el que hemos sido visitados. Y cada día el Señor nos visita, cada día llama a nuestra puerta. Pero debemos aprender a reconocer esto, para no terminar en aquella situación tan dolorosa: ‘Cuanto más los amaba, cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí’. ‘Pero yo estoy seguro de mis cosas. Yo voy a Misa, estoy seguro…’.  ¿Tú haces todos los días un examen de conciencia sobre esto? ¿Hoy el Señor me ha visitado? ¿He escuchado alguna invitación, alguna inspiración para seguirlo más de cerca, para hacer una obra de caridad, para rezar un poco más? No sé tantas cosas a las cuales el Señor nos invita cada día para encontrarse con nosotros».

Al final de la homilía, Papa Francisco recordó que es fundamental reconocer cuando somos “visitados” por Jesús para abrirnos al amor: «Jesús lloró no sólo por Jerusalén, sino por todos nosotros. Y da su vida, para que nosotros reconozcamos su visita. San Agustín decía una palabra, una frase muy fuerte: ‘¡Tengo temor de Dios, de Jesús, cuando pasa!’. ¿Por qué tienes miedo? ‘¡Tengo miedo de no reconocerlo!’. Si tú no estás atento a tu corazón, jamás sabrás si Jesús te está visitando o no».

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