Humildad con humillación es auténtica sino el falsa, Papa Francisco

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El Papa: no a la humildad falsa y “para llevar”; no salva

Francisco en Santa Marta: «Si no sabes vivir con humillación, con esperanza, no eres humilde»

"No hay humildad sin humillación. Pidamos esta gracia"


Pubblicato il 29/01/2018
Ultima modifica il 29/01/2018 alle ore 16:35
CIUDAD DEL VATICANO

Si no hay humillación, no hay verdadera humildad. Lo afirmó el Papa Francisco en la Misa de hoy, 29 de enero de 2018, por la mañana en la capilla de la Casa Santa Mata, según indicó Vatican News. El Pontífice reflexionó sobre el sentido de la humildad, que es fundamental para los cristianos, que deben tener cuidado de no caer en esa humildad falsa y “para llevar”, es decir «confeccionada en serie». 

Francisco basó su homilía en la figura del rey David, que es el protagonista de la Primera lectura de hoy. El Soberano, efectivamente, es «un grande», porque derrotó al filisteo, tiene un «alma noble» porque en dos ocasiones habría podido matar a Saúl y no lo hizo; pero también es un pecador, autor de “grandes pecados”: el adulterio y el asesinato de Urías, el esposo de Betsabé, y el del «censo». Sin embargo la Iglesia lo venera como Santo. ¿Por qué? Porque «se dejó transformar por el Señor, se dejó perdonar»; vive un verdadero y profundo arrepentimiento, con «esa capacidad no tan fácil de reconocer de ser pecador: “Soy pecador”». 

  

La Primera Lectura se centra de modo especial en la humillación de David: su hijo Absalón «hace una revolución contra él». En aquel momento David no piensa«en su propia piel» sino en salvar al pueblo, el Templo, el Arca. Y huye: «Un gesto que parece cobarde, pero que es valeroso», subrayó el Papa. Lloraba, caminando con la cabeza cubierta y los pies descalzos. 

  

Pero el gran David es humillado no sólo con la derrota y la fuga, sino también con el insulto. Durante la fuga, un hombre, Simei, lo insulta diciéndole que el Señor había hecho recaer sobre él toda la sangre de la casa de Saúl – «en lugar del que reinas» – y que había puesto el reino en las manos de su hijo Absalón: «He aquí en tu ruina – afirmaba – porque eres un sanguinario». David se lo permite a pesar de que los suyos quieran defenderlo: «Es el Señor el que me inspira a insultarme», quizá «este insulto conmueva el corazón del Señor y me bendiga». 

  

«David subía la cuesta de los olivos», dice también la Lectura. Y ésta, notó el Papa, es profecía de Jesús que sube al Calvario para dar la vida: insultado y dejado de lado. La referencia es, precisamente, a la humildad de Jesús.  

  

«A veces pensamos que la humildad es ir tranquilos, ir quizás con la cabeza baja mirando el suelo… pero también los cerdos caminan con la cabeza baja: ésta no es humildad. Es esta humildad falsa, prêt-à-porter, que no salva ni salvaguarda el corazón. Es bueno que nosotros pensemos esto: No hay humildad verdadera sin la humillación, y si tú no eres capaz de tolerar, de llevar sobre tus espaldas una humillación, tú no eres humilde: haces de cuenta, pero no lo eres». 

  

David carga sobre sus espaldas sus propios pecados. «David es Santo; Jesús, con la santidad de Dios, es precisamente Santo», dijo el Papa y añadió: «David es pecador, Jesús es pecador pero con nuestros pecados. Y ambos son humillados». 

  

«Siempre está la tentación de luchar contra aquello que nos calumnia, contra lo que nos hace la humillación, que nos hace pasar vergüenza, como este Simei. Y David dice: ‘No’. El Señor dice: ‘No’. Aquel no es el camino. El camino es el de Jesús, profetizado por David: llevar las humillaciones. “Quizá el Señor mire mi aflicción y me dé el bien en lugar de la maldición de hoy”: Llevar las humillaciones con esperanza». 

  

El Papa advirtió asimismo que la humildad no es justificarse inmediatamente frente a la ofensa, tratando de parecer bueno: «Si no sabes vivir una humillación, tú no eres humilde», dijo Francisco y añadió que «ésta es la regla de oro». 

  

«Pidamos al Señor la gracia de la humildad, pero con humillaciones. Estaba esa religiosa que decía: ‘Yo soy humilde, sí, ¡pero humillada jamás!”. ¡No, no! No hay humildad sin humillación. Pidamos esta gracia. Y también, si alguien es valeroso, puede pedir – como nos enseña San Ignacio – puede pedir al señor que le envíe humillaciones, para asemejarse más al Señor» 

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