Historial de los abusos del "Santo del Bosque", Karadima

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TEXTO ÍNTEGRO DEL CAPÍTULO VI DEL LIBRO "LOS SECRETOS DEL IMPERIO DE KARADIMA"

Karadima: el historial de sus abusos sobre sacerdotes y seminaristas

Por :  y  en Actualidad y EntrevistasPublicado: 23.05.2018

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A propósito de la invitación extendida por el Papa Francisco a tres sacerdotes que sufrieron los abusos de Fernando Karadima en la parroquia de El Bosque, CIPER reproduce el capítulo VI del libro “Los secretos del imperio de Karadima” (editado por CIPER en alianza con la UDP y Catalonia)­. El capítulo, titulado “La iglesia de Karadima”, cuenta en detalle cómo el ex párroco aprovechó su condición de guía espiritual para manipular a decenas de sacerdotes y seminaristas. Además de los abusos sexuales a los que sometió a aspirantes al sacerdocio, Karadima utilizó a los miembros de la Pía Unión Sacerdotal para extender sus tentáculos hasta el seminario, promovió el nombramiento de sus leales en diversos puestos de poder, desprestigió a sus críticos y pulverizó -mediante verdaderos linchamientos de imagen en juicios secretos- a aquellos que se apartaban de su influencia.

LA IGLESIA DE KARADIMA

La primera semana de julio de 2011, Juan Carlos Cruz recibió un email de su abogado Juan Pablo Hermosilla en el que le anunciaba que el 18 de ese mes tenía que estar en Santiago. El motivo: carearse con Fernando Karadima. Juan Carlos sintió vértigo. El momento por el que tanto había batallado estaba al alcance de la mano. Se imaginó al cura en el tribunal, acusado, solo. Se imaginó diciéndole «aquí estoy, no me destruiste, cura de mierda», y tantas cosas más que había planeado desde que en agosto de 2009 lo denunció ante la justicia eclesiástica, e incluso desde antes, tal vez desde las mismas noches en que Karadima lo forzaba a besarlo y Juan Carlos se sentía indefenso, atemorizado y se aferraba a la idea de que algo pasara, de que alguien interviniera para que eso se acabara de una vez.

Desde que se inició el juicio civil, Karadima se había negado terminantemente a ese careo diciéndole al fiscal Xavier Armendáriz que su salud no le permitía enfrentar a los denunciantes a quienes, sin embargo, perdonaba. Su abogado, Luis Ortiz Quiroga, en un escrito al tribunal, argumentó además que el sacerdote había sido demasiado maltratado por una prensa sesgada que «ha logrado hacer trizas el prestigio y reputación de un sacerdote que ha dado su vida por la Iglesia». Exponerlo a un careo, aseguraba Luis Ortiz ante el primer juez del caso, Leonardo Valdivieso, «constituye una oportunidad inmejorable para transformar una diligencia judicial reservada en una actuación de carácter público y noticioso, ajena al control del tribunal y sometida a presiones propias de una noticia. El tratamiento público de la diligencia solo ocasionará la humillación de nuestro representado». El juez acogió ese planteamiento en noviembre de 2010 y acto seguido, sorpresivamente, cerró la investigación sin acceder al careo, argumentando que «ya se encontraba extinguida la responsabilidad penal del sacerdote».

Ese fue un momento oscuro para Juan Carlos Cruz. Desde la denuncia hasta ese intempestivo cierre habían transcurrido ocho meses, días intensos en los que él había sido objeto de burlas y de críticas. La abrupta decisión del juez Valdivieso hizo que Juan Carlos sintiera que exponer su intimidad no había servido para nada. Karadima seguía siendo tan poderoso como antes. La justicia estimaba que no era necesario averiguar si las acusaciones eran ciertas; simplemente estaban prescritas. Y lo más grave: tampoco nadie parecía interesado en saber si los abusos descritos se seguían cometiendo.

Pero la suerte de Karadima dio un lento giro: en marzo de 2011 la Corte de Apelaciones de Santiago ordenó hacer nuevas diligencias, le quitó el caso a Leonardo Valdivieso y se nombró a la magistrada de esa corte, Jessica González, como ministra en visita; entre medio El Vaticano terminó su propia investigación y el 16 de enero de 2011 –en un fallo que fue hecho público por el Arzobispado de Santiago el 19 de febrero– resolvió condenar a Karadima a una vida de penitencia, por abusos sexuales a menores. No obstante la demoledora argumentación del Vaticano, quedó pendiente la última resolución en la eventualidad de que Karadima apelara. El sacerdote lo hizo. De poco sirvió, porque en junio de 2011 el Vaticano confirmó su condena.

Así, el email de julio de 2011 le anunciaba a Juan Carlos que la historia se comenzaba a cerrar de un modo distinto. La hora había llegado. Pero no era la hora de la humillación, como temía el abogado Ortiz Quiroga. Juan Carlos no buscaba eso. Simplemente quería sentir que ya no le temía a Karadima. Decirle lo que no había sido capaz, en su momento, pero que ahora tenía claro. Decirle, por ejemplo: «No voy a permitir que ningún sacerdote me discrimine por mi condición homosexual. Yo sé que Dios me quiere. Yo nací así. Dios me hizo así y nadie me va a convencer de que Dios no quiere a la gente como yo».

Juan Carlos comenzó a prepararse: tuvo la sensación de que algo se iba a acabar.

Desde 2009, Cruz vivía en Milwaukee, en el norte de Estados Unidos, una ciudad de inviernos muy fríos, en la frontera con Canadá. En el momento en que James Hamilton lo contactó para que denunciaran a Karadima, acababa de llegar a hacerse cargo de la gerencia de comunicaciones de Manpower Group, una de las 150 compañías más grandes de Estados Unidos con 4 mil oficinas en 82 países. La mayor parte de las tensiones del caso Karadima, los momentos de derrota y de triunfo, Juan Carlos los vivió solo en esa ciudad a la que había llegado por trabajo, pero también refugiándose de su pasado en Chile, y en la que los días transcurrían casi sin amigos y sin pareja. Un matrimonio español le brindaba refugio espiritual y anímico y sólo a ellos les había contado su historia cuando el caso estalló. Pero ni las cientos de personas con las que trabajaba cotidianamente ni sus colegas más cercanos sabían lo que estaba viviendo. Para mantenerse síquicamente a flote, Juan Carlos se concentraba en sus tareas: y le iba bien. Muchas veces, sin embargo, se despertaba a media noche tras haber soñado con Karadima. En una de las pesadillas que más se le repetía estaba en el funeral del sacerdote. Por algún motivo se quedaba solo en el mausoleo, junto al ataúd, y entonces descubría que el cura no estaba muerto. Juan Carlos corría a avisarles a todos, pero no podía hablar. Y se despertaba gritando.

Tras recibir el email, Juan Carlos fue donde su siquiatra a quien visitaba una vez al mes (también acudía donde un sicólogo una vez a la semana). En Milwaukee había habido muchos casos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes y el personal de salud tenía bastante experticia en ese tema. A Juan Carlos su siquiatra le había sido muy útil para enfrentar la dura crítica que él y los otros denunciantes habían enfrentado al principio; para tener alguien de carne y hueso con quien hablar; y también para entender varios aspectos de su historia. Le explicó, por ejemplo, que una de las técnicas del abusador es alejar a la víctima de su familia y Juan Carlos entendió por qué Karadima lo hacía enjuiciar duramente a su madre y pelear con ella, y por qué insistía en que se quedaran hasta muy tarde en la parroquia. También le dijo que otra táctica del abusador era cambiar el nombre de su víctima, llamarlo por un diminutivo, buscando despojarlo de su personalidad: y por eso a él lo llamaba Carlitos, nombre que él terminó odiando.

Un día, en una de las consultas, el siquiatra le dijo que no sabía cómo resistía:

–No debiera decirte esto, pero no sé cómo estás de pie con todo lo que estás viviendo. Eres muy valiente –le dijo.

–No soy valiente –le respondió Juan Carlos. Y se puso a llorar.

Al día siguiente de recibir el correo de su abogado, Juan Carlos cerró su departamento, tomó el avión a Miami y de ahí la conexión a Santiago. En ese vuelo la azafata le contó que la tripulación sabía quién era él y a qué iba a Chile y le dijo que todos le deseaban mucha suerte.

En la capital todo fue una vorágine. Los amigos llamaban, mandaban mensajes por twitter, los familiares iban a la casa de su madre y él recibía una avalancha de apoyo de muchas personas que apenas conocía. La soledad inicial había dado un giro y ahora todos parecían entender cuán fuerte era el momento que se aproximaba.

Esa solidaridad lo hacía sentirse «envalentonado», según dijo en varias entrevistas.

Juan Carlos Cruz

Juan Carlos Cruz

Pero en la noche anterior al careo volvieron a aparecer sus miedos: las múltiples caras de Karadima, el sacerdote ignorantón y mesiánico. Su tono de voz meloso y sus ataques de ira. Detrás de las máscaras emergía una y otra vez otro miedo, el real: el temor a volver a ser el muchacho débil, vulnerable, manipulado por un tipo que nunca fue más bueno ni más generoso ni más culto ni más inteligente que él. Karadima se le aparecía como la prueba de su propia fragilidad: «Esa es la mayor vergüenza que siento hasta hoy: por qué dejé que ese huevón me toqueteara, me dominara la vida, cuando yo me considero una persona inteligente que ha tenido suerte, educación, una buena familia. Por qué me dejé agarrar así. Esa es mi vergüenza».

Durante años Juan Carlos se odió por su debilidad. En la soledad de Milwaukee se forzó a dar el salto y hacerse fuerte. Y en la noche previa al careo, ese ir y venir del miedo al valor era, en el fondo, el ir y venir de un Juan Carlos a otro. Durante esa larga vigilia tomó una decisión: no iba a flaquear. Se prometió que ni siquiera se le quebraría la voz aunque cada palabra que allí se pronunciara lo sumergiera en episodios que le desgarraran el alma.

En la mañana del careo, la mañana temida y esperada, Juan Carlos se tomó dos tranquilizantes, uno de efecto retardado. Se juntó con José Murillo y Juan Pablo Hermosilla y partieron al tribunal. Allá se encontraron con James Hamilton. Se enteró que Fernando Batlle ya había salido y, según le comentaron a Juan Carlos, al final del careo Batlle increpó a Karadima. A Juan Carlos eso no le extrañó: su temor era que Fernando le pegara al cura y la jueza suspendiera la diligencia. Y lo que no le confesó a nadie es que es exactamente lo que él mismo tenía planeado hacer.

Karadima salió tranquilo de ese primer round con Batlle. El sacerdote les dijo a sus abogados: «Lo dejé calladito».

La jueza Jessica González apareció en la puerta:

–Estamos listos, Juan Carlos, pase –le dijo.

–¿Ahora? ¿Lo voy a ver ahora? –se le escapó.

–¿No quiere? –le preguntó la jueza.

Juan Carlos respiró hondo. «Sí, quiero», dijo. Y entró en la sala, aún sintiendo el apretón que James Hamilton le dio en el brazo, para darle ánimo.

La última vez que vio a Karadima fue en una clínica, cuando operaban a su madre. Se lo topó de golpe y el cura lo saludó como si nada hubiese pasado y le preguntó qué hacía ahí. Juan Carlos, helado, sorprendido, le dijo que estaba acompañando a su madre que se había operado.

El cura le preguntó por la habitación en la que ella estaba, se dirigió hacia allá y bendijo a la mujer a la que tantas veces había tratado de separar de su hijo.

Pero ese encuentro en realidad no cuenta, porque fue como la breve aparición de un espectro, un mal recuerdo. La verdadera última vez, cuando vio y padeció a Karadima en todo su esplendor, fue el 25 de octubre de 1987, durante un juicio, otro juicio, en El Bosque, donde Juan Carlos fue el acusado y Karadima el juez, mientras 12 piadosos seminaristas conformaban el coro infausto que repetía las calumnias de Karadima. Esa fue la verdadera última vez. Una ola de indignación lo inunda cuando Juan Carlos recuerda que de ese tribunal salió queriéndose matar.

Juan Carlos abrió la puerta.

–¡Carliiiitos! –escuchó que le dijo esa voz inconfundible.

–Me llamo Juan Carlos –contestó, brusco y serio, lo más duro que puede mostrarse un hombre que es esencialmente amable y solícito.

Cuando levantó la vista, vió a Karadima persignándose.

***

En 1983, poco después de haber llegado a El Bosque, Juan Carlos Cruz tuvo una experiencia homosexual con Guillermo Ovalle, un feligrés muy cercano al sacerdote. Ocurrió una noche en que Karadima salió a comer y como era su costumbre, poco antes de partir, distribuyó a los jóvenes que siempre andaban a su siga: a un par los eligió de acompañantes a la cena[1]; a la mayoría les dijo que los quería ver al día siguiente temprano; y a Guillermo y a Juan Carlos les ordenó que lo fueran a buscar en la noche, al final de la comida.

Juan Carlos tenía entonces 19 años y Guillermo 29. Comieron algo en la parroquia, pues los jóvenes de la Acción Católica contaban con un refrigerador a su disposición, muy bien surtido para que no volvieran a casa, salvo a dormir. Luego se fueron a una habitación de la parroquia que Karadima les prestaba a los jóvenes de la Acción Católica donde había sillones y una tele, y comenzaron a besarse para luego masturbarse mutuamente.

Juan Carlos afirma que, aunque se había sentido atraído por otros muchachos, tal como se lo había confesado a Karadima, luchaba contra eso todo el tiempo y nunca había tenido una experiencia homosexual hasta ese momento. Dice que se sentía muy culpable y muy angustiado por la posibilidad de que el sacerdote supiera.

–Le rogué (a Guillermo) que no le dijera nada Karadima y él me dijo que no me preocupara.

Pero al día siguiente, Guillermo se confesó con el sacerdote. Al salir, le dijo a Juan Carlos:

–El santito te está esperando.

–¡Por qué le contaste! –gimió el joven y partió tiritando de miedo al encuentro de Karadima.

La conversación que tuvieron ese día no la pudo olvidar.

Parroquia de El Bosque

Parroquia de El Bosque

«Pensé que me iba a echar de la parroquia. Ese día me hizo contarle y describir todo, con detalles. Y nunca se me va a olvidar lo que me preguntaba: “¿Y tú, derramaste mucho?, ¿Y él, derramó mucho?”. Esas palabras todavía me ponen la carne de gallina. Yo tenía 19 años y lloraba con hipo».

Ante la justicia Juan Carlos agregó: «Karadima me terminó absolviendo. No fue muy castigador, pero me dijo que con esto tenía “tejado de vidrio”, lo que en adelante usó para extorsionarme».

Juan Carlos no estaba entonces en condiciones de rebelarse contra los prejuicios que existían en la sociedad chilena de los años 80 respecto de su identidad sexual. Ni siquiera se lo había propuesto. Pero tampoco estaba en condiciones de darse cuenta de que Karadima también era un homosexual y que por ello no condenaba nunca explícitamente ni en la confesión ni en el púlpito ese tipo de relaciones. En realidad a Karadima le importaba poco lo que Juan Carlos fuera. Lo que le interesaba era aquello que lo hacía sentir culpable, los secretos que angustiaban al joven. Ese era su material de trabajo. Si un muchacho se sentía mal por haber nacido en una familia acomodada, le insistía en la historia del joven rico. Si Juan Carlos sentía culpa por su condición sexual, ahí ponía su dedo Karadima una y otra vez para conducir al joven hacia la obediencia completa, a la satisfacción de su propio placer que él vivía sin culpa alguna.

Juan Carlos recuerda que a veces el cura y Guillermo Ovalle se ponían a mirarlo de lejos y se reían: «Yo sentía que se estaban burlando de lo que había pasado. Y me daba mucha vergüenza».

Después de ese episodio, Juan Carlos se concentró en su actividad en la iglesia. No faltaba a ninguna reunión de la Acción Católica y pasaba horas rezando pues realmente quería ser sacerdote.

«Quería cambiar el mundo… A los 15 ó 16 años me había puesto a trabajar con las monjas de la Madre Teresa de Calcuta, en Batuco, y me iba todos los sábados en la mañana al hogar de ancianos que tenían allá. Mi trabajo era acompañar a esos viejitos que se estaban muriendo, darles la mano mientras se morían, para que no murieran solos…Yo sé que habría sido un buen sacerdote y habría sublimado mis impulsos igual que un cura heterosexual sublima los suyos», recuerda Juan Carlos.

En ese periodo, después del episodio con Guillermo Ovalle, Juan Carlos se hizo muy amigo de Gonzalo Tocornal, quien era el presidente de la Acción Católica y hermano de un sacerdote muy fiel a Karadima: Jaime Tocornal. Gonzalo era un favorito de Karadima y como tal tenía acceso a su habitación a toda hora, lo acompañaba a cenas y paseos, y se quedaba hasta tarde en la parroquia. Era el joven al que según testigos, como Francisco Gómez, el cura le levantaba la polera con un puntero para mirarle el ombligo.

Juan Carlos recuerda: «La familia de Gonzalo le reclamaba que nunca estaba en la casa y que ya le habían entregado a Jaime a Karadima, pero no iban a entregarle otro hijo. Y Karadima le decía a Gonzalo que ellos no lo comprendían y le exigía que se quedara en Santiago cuando sus padres se iban a su campo en Buin».

Poco a poco, Juan Carlos se empezó a sentir atraído por él y, según cuenta, entre 1984 y 1985 tuvieron lo más parecido a una relación amorosa que podían tener dos jóvenes católicos de los años 80.

«Nunca pasó nada, salvo besos y atraques. Todo muy inocente y muy culposo a la vez. Nosotros no lo veíamos como una relación, era algo que pasaba cada cierto tiempo, que no lo podíamos explicar pero que lo buscábamos. Y si tratábamos de explicarlo, cada uno decía “no puedo pensar en esto”. Así que lo mejor era vivir el momento. Creo que realmente fue la primera vez que me enamoré de alguien», recuerda Juan Carlos.

En premio por lo obediente que había sido, por haber estado disponible en todo momento para todo tipo de tareas, desde acompañar a su madre hasta irlo a buscar en las noches, Karadima invitó a Juan Carlos a integrarse al grupo que durante el verano del año 84 lo acompañaría a Europa. A ese viaje fueron también Hans Kast, Guillermo Tagle, Francisco Prochaska y Gonzalo Tocornal. Algunos, como Juan Carlos, se pagaron el pasaje; a otros, como Francisco, Karadima les financió todo. En cualquier caso las comidas y el alojamiento del séquito corrían siempre por cuenta del sacerdote, quien los invitaba a comer a restoranes caros y les facilitaba alojamiento en instituciones religiosas.

Fue un viaje de tres meses que incluyó Madrid, Fátima, Lourdes, París, Roma y una ciudad cercana a Thalkirchdorf, una ciudad alemana donde la familia de los Kast tienen una casa, que igual que la de Puerto Varas, ponían a disposición del cura.

El viaje contemplaba misas y rezos en iglesias europeas; compras de recuerdos religiosos y de relojes (la obsesión de Karadima), y también reuniones con curas y obispos amigos. En Roma, por ejemplo, pasaron una tarde tomando té con Francisco Javier Cox, el futuro obispo de la Serena, quien sería acusado de abusos sexuales en contra de niños en 2002 y luego sería enviado a un monasterio en Suiza para vivir una vida de oración y penitencia. También en Roma cenaron con el sacerdote Felipe Bacarreza, la «regalía máxima» de Karadima en los años 70, y quien en esos momentos comenzaba a distanciarse del cura.

Juan Carlos recuerda que cuando Karadima no se dedicaba a comprar música y recuerdos, su obsesión era la Virgen. Por eso iba a Fátima y a Lourdes. Y en París nunca olvidaba la de la Rue de Bac. En su búsqueda se salía de los circuitos oficiales. En España visitó y conversó por largas horas con una vidente que aseguraba que la Virgen se le había aparecido y que a veces Jesús le concedía la gracia de poner en su cuerpo las misma yagas que él tuvo en la cruz. La mujer se llamaba Luz Amparo Cuevas y en esos años aún no había sido reconocida por la Iglesia. También en España, Karadima visitó en dos ocasiones a José Luis Urrutia, un jesuita minusválido que entre otras cosas era un gran difusor de la aparición de la Virgen a cuatro niñas de la localidad de Garabandal. A las niñas, como a las de Fátima, la Virgen les había anunciado el fin de los tiempos.

En ese viaje, Gonzalo viajaba en un auto con Karadima y Guillermo Tagle, mientras Juan Carlos y Hans Kast lo hacían en tren, con el eurailpass. El grupo se reunía en los hoteles y cuando Karadima dormía la siesta, los jóvenes salían a recorrer más libremente la ciudad. A Juan Carlos le gustaba muchísimo encontrarse con Gonzalo y disfrutaban todo el tiempo que podían.

Al año siguiente, Karadima volvió a decirle a Gonzalo que lo acompañara a su viaje a Europa. Los padres de Gonzalo le dijeron que esta vez no le iban a dar dinero. Karadima incentivó a Gonzalo a rebelarse, a decirles que ya estaba grande para decidir, pues tenía 21 años. Juan Carlos recuerda que eso no funcionó y entonces el sacerdote ideó otro plan.

Fernando Karadima

Fernando Karadima

«Se le ocurrió que Jaime, el hermano cura, le pidiera plata a su abuelo, Jaime Vial Espantoso. No recuerdo si era un adelanto de la herencia o qué habrán inventado, pero daba lo mismo lo que dijera, porque nadie se arrugaba para mentir en El Bosque, menos cuando Karadima te pedía que lo hicieras. Y uno decía, si él, que es un santo, te pide mentir, entonces está bien, es por un buen motivo. El caso es que el abuelo le dio la plata, creo que en acciones, Jaime las vendió y le entregó el dinero a Gonzalo. En la pieza de Karadima se felicitaban cuando funcionó el engaño. Me acuerdo que Karadima le agarraba la mejilla a Jaime Tocornal, se la tironeaba y decía: “Miren qué buen hermano, cómo se quieren los hermanos”. Y a Gonzalo le decía: “Tú le debes mucho a Jaime”».

La relación entre Juan Carlos y Gonzalo se prolongó por cuatro meses más. Para Juan Carlos sus sentimientos convivían con su vocación y con la culpa. «Pero si para mí era difícil aceptar lo que sentía, para Gonzalo era mil veces peor, era imposible», recuerda Juan Carlos.

Un día el joven presidente de la Acción Católica no soportó más lo que le ocurría y se confesó con Karadima. Luego le dijo a Juan Carlos que el sacerdote quería hablar con él de inmediato.

Juan Carlos quedó devastado. Aunque sabía perfectamente cómo funcionaba El Bosque, había fantaseado con que podrían proteger esa relación. Ahora se daba cuenta de que allí no había espacio para ninguna otra fidelidad que la que se debía a Karadima, ni sentimiento alguno que no sucumbiera a su poder[2].

Su miedo mayor se hizo más angustiante: ser rechazado por Karadima y quedar solo y sin la posibilidad de ser sacerdote.

Como Gonzalo era de los favoritos de Karadima, el cura sometió a Juan Carlos a una dura reprimenda a la vez que lo interrogaba en detalle: «Llegué llorando a mares, pensando “aquí se me acaba el mundo”. Y el cura me retó mucho y me dijo: “Ahora no sé si vas a poder ser sacerdote. Tienes tejado de vidrio, vas a tener que hacer mérito”».

Nunca más Juan Carlos volvió a hablar con Gonzalo. Por orden del sacerdote sólo podían saludarse. Durante los siguientes meses debió, según describe, servirle de «esclavo» a Karadima. Debía ordenarle la pieza, acompañar a su madre en las tardes, llevarla a comprar, rellenar el libro parroquial, organizarle al cura «grupos agradables» en las noches de desvelo, es decir, seleccionar muchachos que se quedaran con él en la pieza con los que pudiera relajarse en la intimidad; estar a su completa disposición. Uno de sus deberes era suministrarle sus remedios: «Le tenía que dar un Revitax para el reflujo; un Amparax para que se quedara dormido, y varios otros remedios todos los días», recuerda Juan Carlos. Por cierto, debía confesarse muchas veces, en la pieza, con la cabeza pegada al pecho del sacerdote.

Finalmente Karadima decidió que Juan Carlos podía ser sacerdote y el joven formó parte de la cuarta generación que el cura envió al Seminario en marzo de 1985. Juan Carlos cree que el motivo de fondo para dejarlo ir fue que a Karadima le importaba cada vez más aparecer como el gran despertador de vocaciones y en Juan Carlos veía un número. En ese grupo estaban también Hans Kast, Diego Ossa, Javier Barros y Samuel Fernández[3]. A esas alturas el Arzobispo de Santiago Juan Francisco Fresno ya había descabezado el Seminario, nombrando a Juan de Castro como rector y a Andrés Arteaga y Rodrigo Polanco –hombres clave de Karadima– como formadores.

De ese modo, cuando la cuarta camada de jóvenes de El Bosque partió al Seminario, había allí fieles guardianes de Karadima, capaces de extender sus métodos de control y hacer su voluntad.

Haber logrado poner a sus hombres en el Seminario fue un salto gigantesco para el mandamás de El Bosque, pues era ahí donde su influencia perdía tensión, como le había pasado con Felipe Bacarezza y con Luis Lira.

Al enviarlos, Karadima les advertía que allí, aunque todos se formaban para ser sacerdotes, no eran iguales ni buscaban lo mismo. Juan Carlos Cruz recuerda esos días: «Para él todos los demás o eran comunistas o no tenían el camino de la santidad que teníamos los de El Bosque. Solo nosotros teníamos el camino correcto: Karadima siempre decía: “Yo quiero que El Bosque haga arder a la Iglesia chilena por los cuatro costados. De aquí van a salir obispos y arzobispos”».

Similares recuerdos tiene el sacerdote Juan Debesa Castro, quien ingresó al Seminario en 1978. Debesa explica que en el Seminario «el mundo se me abrió y el padre Karadima me llamó para decirme que eso no era bueno, que mis amigos estaban en El Bosque». Al no aceptar sus ordenes, Debesa fue marginado: «Él me distanció, igual que los demás seminaristas como Horacio Valenzuela, Juan Barros, Andrés Ariztía y todos lo que llegaron después provenientes de El Bosque».

También Juan Debesa fue sometido a juicio. Al igual que Juan Carlos Cruz no olvida la fecha, pues la experiencia lo marcó: «Fue el 12 de septiembre de 1981, un sábado en la noche». Debesa relata que estaban Karadima y los entonces seminaristas Andrés Arteaga y Juan Barros. «Se me reprochó mi conducta por reunirme con personas que ellos no aprobaban. Se me dijo que no cumplía con las expectativas de ese selecto grupo y que era distinto a los demás. Esta reunión fue atroz para mí y sé que Karadima después mandó una carta al Seminario diciendo que yo estaba loco. Debido a ello fui enviado al sicólogo. Sé que existían serias diferencias con el rector del Seminario de la época, Benjamín Pereira Correa, lo que de seguro motivó su posterior salida, en enero de 1984, cuando se nombró al padre Juan de Castro Reyes».

Con todo, para Juan Carlos ir al Seminario en vez de estar día y noche atendiendo a Karadima fue un respiro. Y por su carácter amable y pacífico le fue inevitable hacerse amigo de otros seminaristas e ir abriendo las fronteras de su mundo.

Se hizo amigo de novicios como Álvaro Vilaplana, Tomás Cheres, Lalo Howards y de sacerdotes como Cristián Precht, Rodrigo Tupper y Cristián Contreras. Y al contrario de lo que había aprendido en El Bosque, empezó a sentir que la fe no tenía que ver con el terror, ni tampoco con las formalidades a las que los obligaba Karadima. «Vi que el resto era mucho más libre que yo, más felices, pero que no por eso tenían menos fe», explica.

Las nuevas amistades de Juan Carlos no pasaban inadvertidas para Rodrigo Polanco, quien ejercía de guardián de la secta de Karadima en el Seminario.

«Rodrigo Polanco era el vigilante. Tenía montada una verdadera Gestapo», grafica Juan Carlos, quien luego se enteró de que cuando se iba a conversar con un amigo por los jardines, los otros seminaristas de El Bosque lo espiaban por la ventana y le reportaban a Polanco, y luego éste informaba a Karadima. Pronto, sus visitas a El Bosque al salir del Seminario, fueron de constantes retos. Karadima sabía todo, como si estuviera escondido en el Seminario, espiándolo.

«Me retaban todo el tiempo porque era demasiado amistoso. Y era constantemente juzgado por Polanco. Pero yo insistía en esas amistades porque para mí era un alivio. A Tomás Chers y a Lalo Howards (ambos son sacerdotes actualmente), les decía: “No puedo dejar que me vean con ustedes”. Al principio ellos no entendían esta locura».

La locura siguió su ritmo. Polanco, cada vez más empoderado, lo vigilaba permanentemente. «Era una víbora, malo, malo, malo, al nivel de Arteaga», dice Juan Carlos. Cualquier detalle se transformaba en un gran escándalo.

Obispo Felipe Bacarreza (Fuente: web diócesis de Los Ángeles)

Obispo Felipe Bacarreza (Fuente: web diócesis de Los Ángeles)

Un día el rector invitó a Felipe Bacarreza, quien había vuelto de Roma después de trabajar en la Congregación para la Educación Católica, a un desayuno con los seminaristas. Las relaciones entre Bacarreza y Karadima estaban ya rotas sin que nadie tuviera claro por qué: pero todos sabían que estaba prohibido dirigirle la palabra al futuro obispo. Juan Carlos tuvo mala suerte. Llegó tarde al desayuno y cuando iba pasando, el rector le dijo que se sentara en la mesa principal con él y Bacarreza.

«En dos segundos Polanco llamó a Karadima y le dijo que yo había hablado con Felipe. Después pasó por mi pieza y me dijo: “El padre está furioso contigo, te va a llegar el domingo cuando vayas, ¡es que cómo se te ocurre!”».

Rodrigo Polanco lo reprendió duramente y Juan Carlos recuerda perfectamente cómo terminó el prolongado reto, pues le dijo algo que le heló la sangre:

–Me dijo que te dijera que tienes tejado de vidrio.

Esa vez fue la primera de muchas en que Karadima le envió el mensaje de que había empezado a revelar su secreto.

La vida de Juan Carlos se volvió un tormento.

«Estaba tan abrumado que había pensado en suicidarme. Pero no me atrevía, no quería hacerle eso a mi mamá, después de haber perdido a mi papá. Pero yo estaba tan deprimido y veía el mundo tan negro que dije: “Me tengo que suicidar, cómo, no sé”. Y resultó que me operaron de apendicitis y me entró una infección. Y mi cuerpo estaba tan sin defensas que la infección no cedía. Y yo dije, “perfecto, voy a dejar que esta infección me mate, esta es la salida”».

Su salud se debilitó al extremo que el rector del Seminario le dijo a Juan Carlos que era mejor que se fuera a su casa a tratar de recuperarse, pues en el lugar hacía demasiado frío. Karadima se indignó pues odiaba que seminaristas retomaran contacto con su familia. Por eso, apenas Juan Carlos se pudo poner en pie, Karadima le ordenó que fuera a El Bosque y lo sometió a un juicio.

«Fue el 25 de octubre de 1987. Me acuerdo de la fecha exacta porque ha sido una de las cosas más terribles que he vivido. Había más de diez amigos míos sentados en semicírculo: estaban Diego Ossa, Samuel Fernández, Andrés Arteaga y Javier Barros, entre otros. No recuerdo si estaba o no Rodrigo Polanco. Me hicieron sentarme en una silla, al frente se ubicó el cura y detrás de él, en semicírculo, todos los otros. Karadima empezó a retarme por los otros amigos que había hecho en el Seminario. Me dijo: “Tú que tienes estos amigos, esas amistades particulares, Juan Carlos, tú tienes tejado de vidrio por todo lo que tú sabes. Pero yo no te voy a decir nada ahora, quiero que hablen todos los que están aquí”».

Y uno a uno los amigos empezaron a criticarlo. Uno le dijo que se iba con sus «amistades particulares a lugares apartados»; otro le reclamó que estudiaba poco; otro lo acusó de haberlo visto confesarse con Vicente Ahumada a sabiendas de que el padre Karadima había vetado a ese sacerdote; y no faltó el que le dijo que era poco fiel a El Bosque y que le tenía poco cariño al padre que le había dado tanto.

«Pero lo más fuerte era lo que me trataban de decir, sin decirlo: que yo estaba enamorado de mis amigos del Seminario. Me quería morir… No tenía duda de que Karadima les había contado mi confesión y tampoco tenía duda de qué pensaban ellos de mí. Yo tenía 24 años y sentía que estaba acabado, que mi vida se había acabado porque él me tenía amarrado».

El sacerdote y capellán de la Fundación Las Rosas, Andrés Ariztía de Castro, corroboró lo narrado por Juan Carlos Cruz ante la justicia: «Recuerdo haber estado presente en la situación que ha relatado Juan Carlos Cruz, una encerrona del año 1987, en que me llamó mucho la atención la falta de discreción de Karadima al referirse a este joven diciendo que tenía “tejado de vidrio”, la violencia del método y el grave abuso de la dirección espiritual. Recuerdo el impacto que ello me provocó pero yo no abrí mi boca y nada comenté. En todo caso éramos más de seis los sacerdotes que participamos de eso y estábamos en la “salita del nuncio”».

Juan Carlos recuerda que después de que todos terminaron, él dijo llorando: «¡Perdón!».

«Casi me arrodillé, y era horrible. Después me fui al Seminario. No dormí en toda la noche. Me levanté como a las 5 de la mañana y le conté todo a Juan de Castro, el rector. Todo menos los abusos sexuales porque me daba demasiada vergüenza», explica Juan Carlos.

El actual obispo auxiliar de Santiago, Cristián Contreras, hacía clases en ese momento en el Seminario y recuerda que Juan Carlos también le contó del «juicio» que le habían hecho: «Juan Carlos tocaba guitarra, cantaba, era alegre, pero al parecer esas conductas no eran vistas como convenientes para la imagen que debía dar, según los paradigmas del sacerdote Karadima y constituían una falta de lealtad hacia él. Recuerdo lo doloroso que fue para Juan Carlos una amonestación pública en la parroquia El Bosque por su conducta de apertura hacia otros seminaristas y sacerdotes», dice Contreras.

Agrega que el control que Karadima tenía sobre sus seminaristas «siempre fue tensionante en el Seminario». Y que a partir de ese relato las cosas se precipitaron.

Obispo Andrés Arteaga

Obispo Andrés Arteaga

El mismo día que el rector Juan de Castro se enteró por boca de Juan Carlos del juicio que le habían hecho en El Bosque, convocó a una reunión a todos los formadores y los puso en conocimiento del episodio. Luego hizo un informe y se lo envió al cardenal Juan Francisco Fresno. Karadima se enteró de inmediato de lo que estaba sucediendo a través de Polanco y Arteaga.

El obispo Cristián Contreras también supo del informe de De Castro, pero no qué ocurrió luego con él: «No sé qué fin tuvo ese informe. Yo estaba ya en Roma. La historia es la historia y cada cual asume su responsabilidad; y no seré yo en llamar en causa a los muertos», dijo el obispo en una entrevista con los autores, seguramente en referencia a que tanto Fresno como De Castro ya fallecieron.

Es importante recordar que en ese momento el secretario personal del Arzobispo Fresno era Juan Barros, el mismo que según testimonios de ex feligreses habría destruido una carta que en 1984 acusaba los abusos de Karadima.

Lo que sí está acreditado es que dos semanas después de esa «corrección fraterna» a Cruz, el actual obispo castrense Juan Barros escribió una carta al Arzobispo Fresno y éste envió una copia al Seminario. En ella informaba que dos jóvenes de El Bosque se habían acercado a él para contarle que Juan Carlos los había acosado sexualmente. Los denunciantes eran Guillermo Ovalle y Gonzalo Tocornal. Ya nadie más le habló a Juan Carlos. La orden de Karadima se cumplió.

El mismo Juan Carlos leyó la carta de Barros porque el propio rector Juan de Castro junto al sacerdote Vicente Ahumada lo convocaron especialmente para tratar la grave acusación que formulaba el secretario del Arzobispo y le mostraron la carta: «Era tal mi angustia que no me acuerdo exactamente de todo lo que decía, porque me cerré. Sé que la escribió Juan Barros y sé que ellos (Ovalle y Tocornal) decían que estaban muy preocupados por mí por lo que les había hecho»[4].

De Castro y Ahumada le creyeron. El obispo Sergio Valech intercedió ante Fresno para que Juan Carlos Cruz no fuera expulsado del Seminario, pero el daño estaba hecho. Juan Carlos nunca más volvió a El Bosque. Durante meses de ese año 1988 estuvo en cama recuperándose de su infección postoperatoria, se quedó un tiempo más en el Seminario, pero finalmente decidió que no podía seguir. Durante todo ese tiempo los seminaristas de El Bosque no le dirigieron la palabra. Todo se había acabado.

«Nunca me atreví a romper directamente con la parroquia y con Karadima. Me faltó valor, algo que incluso hoy me cuesta explicar», dice Juan Carlos[5].

En el momento de la derrota de Juan Carlos, Karadima había probado una técnica que le resultaría muy provechosa para destruir otras acusaciones: desacreditar al denunciante usando los puentes tendidos hacia la autoridad y la incondicionalidad de quienes lo rodeaban.

Veintitrés años más tarde, esta vez en tribunales, el grupo cercano a Karadima intentó desacreditar a Juan Carlos Cruz, uno de los principales denunciantes del sacerdote, repitiendo las mismas acusaciones con las que intentaron que fuese expulsado del Seminario.

El primero en mencionar el episodio fue el sacerdote Diego Ossa en su declaración del 6 de mayo de 2010, ante el fiscal Xavier Armendáriz: «Conozco a Juan Carlos Cruz, fuimos compañeros del Seminario, donde él se retiró, ignoro las razones exactas, aunque su conducta no era de las mejores. Era algo amanerado, incluso Gonzalo Tocornal me contó que una vez le hizo proposiciones explícitas de carácter homosexual, de intenciones se masturbarlo, que éste rechazó».

Tocornal, quien había declarado ante el fiscal en la jornada previa, sólo dijo que Cruz «era algo infantil y amanerado».

El 7 de mayo, un día después de que Diego Ossa lo acusara de acoso, Juan Carlos Cruz debió ratificar su primer testimonio ante Armendariz. Su sorpresa fue mayúscula cuando el fiscal lo interpeló sobre los dichos de Ossa, pues Cruz, en su primer escrito al tribunal (del 21 de abril de 2010) no había mencionado ningún episodio referido a Tocornal. Tampoco había aludido a Guillermo Ovalle. Fue en ese momento que Juan Carlos Cruz le reveló al fiscal el contenido de la confesión íntima que le había hecho a Karadima y con la cual éste lo extorsionó, llevándolo al punto de querer suicidarse.

Dos semanas después, Ovalle, de su propia iniciativa habló ante Armendáriz de cada uno de los denunciantes para terminar con Juan Carlos Cruz: «Una vez se me tiró al dulce», aseguró[6]. En abril de 2011, ante la jueza Jessica González, insistió: «En una oportunidad en que estábamos varios en la pieza que ocupaba Juan Luis Córdoba yo ingresé al baño y tras mío ingresó Juan Carlos Cruz, se me acercó, me tocó, intentó besarme y lo aparté. Después fui a la sacristía y se lo comenté al padre Fernando, diciéndole “Juan Carlos se me tiró al dulce”. No se lo conté en confesión. El padre me dijo: “Dile a Juan Carlos que venga a conversar conmigo”. No supe si ellos hablaron (…) Supe que el padre Karadima hizo gestiones para que Cruz no siguiera en el Seminario»[7].

La misma versión del supuesto acoso de Cruz a Tocornal y Ovalle la repitieron varios sacerdotes y laicos del grupo de Karadima para desacreditar al periodista en tribunales. El sacerdote Andrés Ferrada fue uno de ellos, y afirmó que esa fue la versión que les entregaron, pero que ninguno de ellos le preguntó nada a Cruz.

Karadima también hizo el mismo relato ante la ministra Jessica González.

«Jamás habría revelado la historia que tuve con ellos (Ovalle y Tocornal) ya que ambos ahora están casados. Pero ellos inventaron cosas sobre mí y fueron a mentir ante la Iglesia y ante la justicia. Es por eso que hablé», explica Juan Carlos.

Cuando James Hamilton lanzó su ofensiva, también intentarían destruir su reputación. El orejero de la autoridad sería en ese momento Andrés Arteaga, ya investido como obispo auxiliar, quien argumentó muchas veces a favor de Karadima para convencer al Arzobispo Francisco Javier Errázuriz de que las acusaciones eran falsas. Errázuriz, por esos consejos, incluso suspendió la investigación del caso en la Iglesia entre 2006 y 2009. Luego, cuando El Vaticano condenó a Karadima, Errázuriz reconoció su error y lo explicó apuntando a Arteaga, aunque sin nombrarlo.

Cardenal Francisco Javier Errázuriz

Cardenal Francisco Javier Errázuriz

«Pedí y sobrevaloré el parecer de una persona muy cercana al acusado. Mientras el promotor de Justicia pensaba que era verosímil la acusación, esta otra persona afirmaba justamente lo contrario», dijo Errázuriz a la revista Qué Pasa[8].

Es probable que Juan Carlos haya sido el primer denunciante en ser neutralizado por la potente red que Karadima había creado y que tenía piezas clave en una decena de parroquias importantes, en el Arzobispado, en el Seminario e incluso sus contactos y complicidades llegaban al Vaticano, donde jugaba un rol relevante el secretario de Estado, Ángelo Sodano. Pero la verdad es que Juan Carlos fue pisoteado por una máquina que ya venía funcionando desde hacía varios años y que había demostrado su eficacia para desacreditar a seminaristas y sacerdotes que no le obedecían al sacerdote. Karadima usó cada vez más extensivamente esa red y con ello marcó a fuego no solo a su grupo fanatizado, sino que produjo una herida en muchas zonas de la Iglesia Católica.

El sacerdote Debesa reflexionó justamente sobre ese asunto, pues Karadima después del juicio ordenó que nadie de El Bosque le hablara: «Situación parecida le ocurrió, antes que a mí, al padre Rafael Vicuña Valdés, actual párroco de Llo-Lleo. Esta sanción moral que se me aplicó duró por muchos años en que se nos hacía sentir a los disidentes como que formábamos parte de un clero de segunda o tercera clase, y ellos, de primera categoría. Esta visión era propia de los sacerdotes formados en El Bosque y creó una separación en el clero»[9].

Los antecedentes permiten hablar con propiedad de una red muy activa, que logró llevar sus infundios y maledicencias hasta el mismo Vaticano. Así lo relata el sacerdote Andrés Ferrada, quien fue enviado a estudiar a la ciudad católica entre 2000 y 2006. Con vergüenza recordó ante la justicia cómo Karadima le hacía hablar mal de algunos sacerdotes en la Santa Sede: «En Roma, Karadima me forzaba a traspasar información a ciertas personas importantes de la Iglesia, respecto de las cuales yo no tenía conocimiento personal. Hoy me avergüenzo de haber accedido a hacerlo. Tengo que expresar, sin embargo, que nunca difamé ni calumnié a personas y que siempre traspasé la información diciendo que no la conocía de primera mano. Gracias a Dios, siempre estas informaciones se refirieron a miembros de la Unión Sacerdotal y no a otras personas. En una ocasión el padre Karadima me pidió que hablara mal de un sacerdote no miembro de la Unión Sacerdotal, por hechos que yo desconocía. Gracias a Dios en esa oportunidad me logré zafar de la petición»[10].

Ferrada no quiso especificar sobre qué personas Karadima le ordenó hablar mal ante la Santa Sede, pero de sus palabras surge una explicación atendible sobre por qué Karadima pudo actuar tan impunemente y durante tanto tiempo: un hombre enfermo sólo puede extender su poder en una organización si la estructura está enferma o si por algún motivo sus componentes están paralizados por el miedo.

El sacerdote Cristóbal Lira habló de ese miedo cuando llegó su turno de enfrentar a la justicia: «El ambiente de la parroquia El Bosque era de oración y de amistad cuando éramos jóvenes, luego, siendo sacerdotes, observé un ambiente raro donde se cultivaba una amistad ficticia entre nosotros. Ficticia porque no daba lugar a confianzas, porque estaba todo controlado y si uno disentía, inmediatamente era acusado. Había un ambiente de exagerado respeto y devoción, combinado con un temor hacia el padre Karadima y hacia quienes estaban en su círculo más cercano. La autoridad que ejercía el padre se imponía por venir de él, sin mayor discernimiento… Como parte del ambiente hay que destacar que en varias ocasiones se hablaba en doble sentido y con sobrenombres que no eran propios para un sacerdote ni para un cristiano, como por ejemplo, se hablaba del cueto, concepto de connotación sexual; y en relación a un sacerdote se le apodaba La gorda. Se hablaba mal de la gente, de los sacerdotes, de los obispos, con un sentimiento de superioridad hacia los demás. Ser de El Bosque era una etiqueta de superioridad»[11].

Esta iglesia de Karadima con su caterva de incondicionales logró su máximo despliegue y actividad en 2010, cuando el Arzobispo Francisco Javier Errázuriz se vio obligado a reactivar la investigación en contra de Karadima, pese a que su obispo auxiliar Andrés Arteaga le insistía en que todo era mentira.

Según fuentes eclesiásticas, en los primeros días de 2011, los obispos Juan Barros y Tomislav Koljiatic viajaron a El Vaticano para informarles a altos personeros de la curia que el Arzobispo Errázuriz había perdido el control de la Iglesia chilena y había demostrado toda su incapacidad al permitir que la investigación siguiera avanzando.

Su compromiso y fidelidad a Karadima traspasaría luego nuevos límites.

***

Tras los clérigos más comprometidos en la defensa de Karadima había también una amplia masa de sacerdotes, como los que participaron en el juicio a Juan Carlos Cruz, cuya forma de cooperar era mirar para el lado, sin pensar siquiera en que estaban frente a una víctima a la que había que ayudar. Cuando se destapó el infierno humano que había generado el sacerdote, emergió también la crítica a la indolencia de los mayores que dejaron que jóvenes quedaran expuestos al amo de El Bosque.

Cristóbal Lira, uno de los primeros sacerdotes formados por Karadima, fue blanco de esa crítica. Cuando era párroco de la iglesia Nuestra Señora de Las Mercedes, en Vitacura, a comienzos de los años 90, una veintena de jóvenes se sintieron atraídos por la idea de ser sacerdotes. Y todos ellos terminaron en la parroquia El Bosque, la mayoría teniendo a Karadima como director espiritual, sin que Lira les advirtiera lo que les esperaba.

La explicación de por qué jóvenes de esa iglesia –más conocida como Los Castaños– terminaron en El Bosque, permite entender también un mecanismo clave y poco conocido de la forma de operar de Karadima.

Ocurre que en 1991 Cristóbal Lira fue trasladado desde Los Castaños a una parroquia de Maipú y el Arzobispo de Santiago designó en su reemplazo al sacerdote Andrés Moro, que no era de El Bosque. Karadima, entonces, dio la orden de «evacuar» la parroquia, es decir, de convencer al máximo de jóvenes para que dejaran a Moro solo y se fueran a El Bosque.

«Nos explicaron que la espiritualidad de El Bosque era más afín con la búsqueda en la que estábamos nosotros que la que ofrecía el padre Moro. Mucho tiempo después entendí que habíamos sido ‘evacuados’, pues esa práctica la vi en otras ocasiones», explica un sacerdote que perteneció al grupo de Los Castaños.

El mismo religioso cuenta también que la evacuación hacia El Bosque se facilitó porque «Cristóbal Lira nos hablaba mucho de Karadima, lo citaba, lo presentaba casi como un santo, por lo que nos parecía lógico ir a El Bosque».

Uno de los «evacuados», el sacerdote Andrés Ferrada, recordó detalles de esa estampida hacia El Bosque ante la jueza Jessica González: «En diciembre de 1993, el padre Lira nos informó que vendrían tiempos de sufrimientos y que el Señor nos iba a pedir algo. Resultó que nuestro grupo pasó a la parroquia El Bosque. Fuimos inducidos a sentir que en la parroquia en donde trabajábamos (Los Castaños) experimentaríamos un cierto retroceso espiritual y por eso debíamos dejarla. En la práctica esto se tradujo a poco andar en que el padre Karadima se hizo director espiritual de varios de nosotros».

Fernando Karadima y Cristóbal Lira en Puerto Varas

Fernando Karadima y Cristóbal Lira en Puerto Varas

Ferrada agregó que de ese grupo de jóvenes varios entraron al Seminario sin decir que habían sido formados en Los Castaños. «En esto fueron apoyados y dirigidos por los padres Lira y Karadima, expresamente. La razón que se daba era la inconsistencia y falta de espiritualidad de los padres de la parroquia de Los Castaños. Hoy me parece que la idea era que el padre Karadima fuese considerado sino el único, el más importante formador y referente espiritual al que se le debía el bien que se hacía en la Iglesia»[12].

Es desde ese contexto que surge el reclamo que algunos sacerdotes le hacen a Lira. Creen que al menos él debió sospechar lo que ocurría allí, pues llegó en 1975, antes aún que James Hamilton y Juan Carlos Cruz. Los testimonios de los denunciantes y de sacerdotes que rompieron con Karadima coinciden en señalar la cercanía que Lira tuvo durante muchos años con Karadima. Al punto que Karadima llamaba a Lira Tuki, un apelativo con el que también se refería a los homosexuales. A pesar de esas manifestaciones, Lira les predicó a los jóvenes de Los Castaños, bajo su dirección espiritual, sólo maravillas de la obra de Karadima en El Bosque. Y finalmente, no hizo nada para impedir que todos ellos terminaran bajo el control del sacerdote como integrantes del círculo de esa parroquia.

Uno de los religiosos que se formó en Los Castaños con Cristóbal Lira, lo encaró por su responsabilidad: «Una vez Cristóbal comentó que aquí todos éramos víctimas. Yo le dije que sí, pero también que había gente que siendo víctima era responsable. Porque nosotros teníamos 18 años cuando llegamos a El Bosque. Pero había personas mayores que sabían lo que allí ocurría. Lira no nos dijo nada».

En ese grupo de jóvenes que fueron «evacuados» de Los Castaños, había dos jóvenes laicos sobre los que Karadima cayó como un águila: Francisco Costabal y José Murillo. Costabal, el último presidente de la Acción Católica, se mantuvo al lado de Karadima hasta el final, incluso después de la condena del Vaticano. Murillo partió a tiempo, en marzo de 1997, y se convertiría siete años más tarde en uno de los primeros denunciantes de Karadima.

¿Qué responsabilidad siente Cristóbal Lira por lo que ocurrió después con la generación que él formó en Los Castaños?

Interrogado ante la justicia, Lira debió admitir que sabía lo suficiente como para recomendar a los jóvenes no ir a esa parroquia: «Cuando estaba en el Seminario, advertí las tocaciones del padre Karadima en los genitales y en algunas oportunidades en mi persona. Eran palmetazos al pasar y también en el trasero». Lira describió también haber visto reiterados besos de Karadima a otros muchachos en la comisura de los labios. Respecto de los jóvenes que él había formado, puntualiza lo que ocurrió con ellos: «Yo se los presenté al padre Karadima y luego que los incorporó a esa parroquia, me dejó de lado… tengo la certeza de que el padre Karadima les prohibía hablar conmigo y salir juntos de vacaciones y que él les hizo cortar todo vínculo con mi persona».

Hay otro incidente grave en que se vio involucrado Cristóbal Lira. Para entender su trascendencia hay que saber que Karadima nunca vio con buenos ojos el talento que desplegaba este sacerdote para atraer a los jóvenes y despertar vocaciones. Según distintos testimonios, con el correr de los años y visto el éxito que obtenía su discípulo, Karadima se sintió amenazado. Por eso, cuando los jóvenes de Los Castaños llegaron a El Bosque, Karadima asumió la dirección espiritual de la mayoría. En otras palabras, se los arrebató a Lira. Así, cuando poco después muchos de ellos llegaron al Seminario, estos pasaron a engrosar la larga nómina de vocaciones adjudicadas a Karadima. Una cifra que servía para alimentar otro mito: que Dios estaba actuando a través de él.

Pese a los celos de Karadima, Cristóbal Lira lo mantuvo como su guía espiritual y confesor. Y siguió asistiendo cada lunes a las reuniones de los sacerdotes de la Pía Unión en El Bosque e incluso compartiendo con ese grupo sus vacaciones.

Todo cambió en 2007, cuando el entonces Arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz, decidió hacer un cambio en la parroquia Santa Rosa de Lima, ubicada en la comuna de Lo Barnechea, donde Jaime Tocornal oficiaba de párroco por casi 14 años.

Según fuentes del Arzobispado de Santiago, la decisión de sacar a Tocornal de la Parroquia de Santa Rosa tuvo su origen en la convicción de que este sacerdote había transformado esa iglesia en una réplica de El Bosque: se rodeaba de jóvenes de buenas familias, rubios, guapos y muy obedientes; y al igual que Karadima, ejercía sobre ellos una dominación que en el Arzobispado pareció excesiva.

«Jaime es de los sacerdotes más fieles con que contaba Karadima. Su adhesión era completa. No creo que pensara realmente que Karadima era un santo, pero sí un hombre iluminado: lo traía frecuentemente a colación en sus homilías, repartía los CD de los retiros del padre… En el Arzobispado se definió lo suyo como “afición desmedida”», explica un religioso que trabajó en el Arzobispado de Santiago mientras lo comandó el cardenal Errázuriz.

Una feligresa que estuvo durante su juventud en El Bosque y que luego asistió a las misas de Tocornal en Lo Barnechea, corrobora lo anterior: «Tocornal era muy buena persona. Sin embargo, empezó a formar un grupo como el de Karadima, con una dirección espiritual errónea. Si ibas a El Bosque y Lo Barnechea, te encontrabas con lo mismo, ambientes eminentemente cerrados al extremo».

Según recordó Lira, Karadima entendió que la decisión del Arzobispo Errázuriz era un ataque en su contra: «El padre Fernando no podía ver al Arzobispo Errázuriz. El padre Karadima me dijo a mí y a otros sacerdotes que el cambio de párroco había sido un castigo de monseñor Errázuriz hacia Tocornal. Esa parroquia era una sucursal de El Bosque. Karadima era continuamente citado e invitado a celebrar misa a dicha comunidad. Entonces sintió que ese cambio era también un ataque a su persona»[13].

Que sacaran a uno de sus sacerdotes favoritos de Lo Barnechea, molestó mucho a Karadima. Pero que su reemplazante fuera Cristóbal Lira, desató su ira. Y la descargó sobre ese clérigo. Por de pronto, no lo dejó despedirse de la comunidad a la que había guiado espiritualmente por casi una década.

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Juan Esteban Morales

Así lo relató Lira ante la justicia: «El padre Karadima me prohibió despedirme de los fieles de mi parroquia, Santa María Magdalena, de Puente Alto, lo que respeté y cumplí. Pero a la última misa de todos modos llegó una gran cantidad de gente. El padre me había prohibido predicar y sólo me había autorizado a agradecer: pronuncié una homilía de agradecimiento a la comunidad en la cual no lo mencioné. Horas después me llamó y me retó, me dijo que era un mentiroso, que lo había engañado y me atribuyó el haber organizado una despedida, lo cual no era cierto. Él se enteró de mi prédica y de la misa porque había enviado un espía a grabarla».

Karadima estaba desbocado. Lo mandó a hablar con los sacerdotes Juan Esteban Morales y Diego Ossa, quienes continuaron reprendiéndolo, insistiéndole que se había farreado la dirección espiritual del padre. «Diego me dijo que pasarían por lo menos dos años antes de recuperar siquiera la confianza y la guía espiritual del padre», declaró Lira. «Eso se tradujo en que dejé de confesarme y de conversar con el padre Fernando; en otras oportunidades no me recibía, fui aislado por algunos de mis hermanos sacerdotes y expresamente marginado por el padre Karadima de algunos eventos».

Pero Karadima no quedó satisfecho. Lo que vino a continuación es uno de los episodios que retratan mejor el ambiente de secretismo y traiciones que se incubó en El Bosque. Grafica también lo que estaban dispuestos a hacer algunos miembros de su círculo cuando él daba una orden.

Karadima ordenó «evacuar» la parroquia de Lo Barnechea. Dejar a Cristóbal Lira sin ninguno de los muchachos que se habían congregado en la Acción Católica de esa iglesia durante los 14 años que ofició de párroco Jaime Tocornal. La orden la dio en el verano, antes de que Lira asumiera su nueva destinación. En momentos en que Tocornal, Karadima y el propio Lira disfrutaban juntos de las vacaciones estivales.

Recordando esa época, Cristóbal Lira le dijo a los autores de este libro: «Yo le preguntaba a Jaime cómo era la parroquia, le pedía que me contara de ella y de sus feligreses, y aunque estuvimos todo el verano juntos, nunca me dijo nada. Simplemente no me habló del tema».

Fue así que Cristóbal Lira llegó a Lo Barnechea y debió observar impotente cómo los jóvenes comenzaban a alejarse de su parroquia. Uno tras otro fueron desapareciendo, dejando las actividades apostólicas abandonadas. Nadie le dijo una palabra al respecto. Pero cuando Lira iba los lunes a la parroquia de El Bosque, veía a los jóvenes de Lo Barnechea asistiendo a misa[14].

–El padre Karadima me dijo: “No tengo a ninguno de tus jóvenes”. Pero yo sabía que sí, porque los veía cuando iba para allá –contó apesadumbrado Lira a algunos sacerdotes.

A los jóvenes, Tocornal les argumentaba que la vida espiritual de la parroquia comandada por Lira era muy pobre «y que había que aprovechar los últimos años de santidad de Karadima»[15].

Pero el motivo central para emigrar hacia El Bosque era la acusación de que Lira era peligroso para los jóvenes porque era homosexual.

Así lo atestiguó ante la ministra Jessica González el ex feligrés de El Bosque Sebastián Vial Cruz, quien empezó a ir a la