Paradojas del caso Capella y qué sucede con McCarrick

Todas las noticias

Paradojas del caso Capella y qué sucede con McCarrick

El diplomático vaticano fue condenado a 5 años por pedopornografía, pero algunos sacerdotes abusadores seriales nunca han pisado una prisión. La historia del cardenal estadounidense plantea dudas sobre los mecanismos de los nombramientos 



Pubblicato il 02/07/2018
CIUDAD DEL VATICANO

    

En estos días se sabrá si monseñor Carlo Alberto Capella, ex consejero de la nunciatura en Washington condenado en el Vaticano a cinco años de cárcel por poseer e intercambiar «enormes cantidades» de material pedopornográfico, apelará la sentencia. Circunstancia que varias fuentes vaticanas dan por muy probable. El intercambio de material pedopornográfico es uno de los delitos más oscuros y las legislaciones de muchos estados (incluido el de la Ciudad del Vaticano) han puesto en vigor normas muy severas para castigarlo. Capella no renegó la evidencia, admitió su culpa y explicó que había comenzado a buscar material pedopornográfico debido a una crisis provocada por su traslado a Washington. En su teléfono celular y en su computadora fueron hallados películas y dibujos explícitos. Soledad, frustración por no haberse sentido apreciado y por haberse encontrado solo, sin amigos. Obviamente el prelado debía tener una predisposición para ese tipo de imágenes macabras, que incluyen a niños en actos sexuales y abusos, porque, afortunadamente, la pedopornografía no representa un “remedio” difundido para las crisis de adaptación o los excesos de soledad. 

  

Más allá de la conclusión del caso judicial vaticano, y del posterior proceso canónico que se celebrará en contra el ex consejero de la nunciatura, hay una paradoja: un religioso que ha desahogado sus fantasías perversas buscando imágenes en internet tendrá que pasar cinco años en la cárcel, mientras prelados que han efectivamente abusado de niños y chicos adolescentes (arruinándoles la vida) en varios casos no han pasado ni siquiera un día en una celda. Casos recientes de ilustres fundadores o de religiosos muy conocidos (como demuestra el caso chileno) lo demuestran. Es evidente que en el caso de Capella las autoridades vaticanas han querido dar un ejemplo, para hacer ver que en contra del oscuro fenómeno no se hacen descuentos a nadie. Pero la paradoja permanece. 

  

El otro caso que sorprende es el del cardenal Theodore McCarrick, arzobispo emérito de Washington. Acusado de haber abusado de un adolescente hace 45 años en Nueva York, el religioso (ya jubilado desde hace años) fue suspendido de sus funciones episcopales mientras se aclara su posición. 

  

Con McCarrick ya suman cuatro los purpurados creados durante el largo Pontificado de Juan Pablo II involucrados en abusos (fueron creados en total 231, en nueve Consistorios). El primero fue el arzobispo de Vienna Hans Hermann Groer: nombrado sorpresivamente como sucesor del cardenal Franz König en 1986, recibió la púrpura en 1988 y se vio obligado a dejar la diócesis en 1995 después de haber sico acusado de haber abusado de muchos algunos seminaristas menores de edad muchos años antes. El segundo fue el cardenal Keith O’Brien, arzobispo de Saint Andrews, Edimburgo Escocia), elevado a la púrpura en 2003 y que se retiró en 2013, casi al cumplir 75 años y sin participar en el Cónclave, porque se le había acusado de haber abusado reiteradamente, en los años ochenta y noventa de dos seminaristas y un sacerdote (mayores de edad). El tercero es el cardenal Geroge Pell, Prefecto de la Secretaría para la Economía, que se está defendiendo en Australia de la acusación de haber abusado de menores. Y ahora llega McCarrick. 

  

Sin entrar en detalles de cada uno de los casos (en el caso de Pell, por ejemplo, ciertos testigos han dejado abiertas notables dudas), no se puede dejar de notar la existencia de un problema en el proceso para nombrar a los obispos. Lo que sorprende en el caso de McCarrick, además de la acusación de un menor de edad cuando era sacerdote en la diócesis de Nueva York, son las noticias publicadas en el comunicado del cardenal Joseph William Tobin, arzobispo de la diócesis de Newark, quien reveló que «en el pasado, ha habido acusaciones según las cuales él (McCarrick) estaba involucrado en relaciones sexuales con adultos. Esta archidiócesis y la diócesis de Metuchen han recibido tres acusaciones de mala conducta sexual con adultos; dos de estas acusaciones llevaron a ofrecer indemnizaciones». Ninguno de los tres casos sobre el pasado de McCarrick (ya obispo) involucra a menores, pero se habla de molestias a seminaristas y sacerdotes. 

  

El cardenal Tobin explicó que nunca se había tenido en Newark de denuncias por abusos contra menores para el emérito de Washington. Por lo que, si no había ecos, es más que probable que no se supiera nada en Roma sobre la denuncia que ahora llevó a la suspensión del purpurado. Más difícil es comprender, en cambio, cómo fue posible que nombraran de Metuchen a Newark y, sobre todo, su traslado de Newark a Washington (con promoción cardenalicia) a un religioso que había indemnizado a mayores de edad por molestias. 

  

Se deberían tener en cuenta, antes de la eventual ordenación sacerdotal, problemas relacionados con el ejercicio de la sexualidad, que revelan personalidades no maduras afectivamente. Y obviamente antes de la eventual ordenación episcopal y de la creación cardenalicia. Hay un evidente problema en el mecanismo para nombrar a los obispos, vinculado con el poder de grupos (las caídas morales no son sopesadas de la misma manera) y de lobbies. Y demuestra todos sus límites también la práctica de los nombramientos directos, que rebasan los normales recorridos (como sucedió, por ejemplo, con Groer). Se trata de casos que sería absurdo relacionar con formaciones ideales: de los cuatro purpurados citados pueden ser considerados parte de la llamada área progresista (O’Brien y McCarrick) y dos de la llamada área conservadora (Groer y Pel). El caso de McCarrick, más allá de su especificidad, representa, pues, una significativa señal de alarma que no se relaciona simplemente con el problema de la pedofilia o de los abusos contra adolescentes, sino que tiene que ver con los responsables de los procesos y de la elección de los criterios con los que se seleccionan los obispos. 

www.vaticaninsider.it