Los abusos de Karadima

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Continuación.

Pero ahora ya no estaba de vicario Diego Ossa, quien había sido trasladado a una parroquia de la Florida, destinación que finalmente el Arzobispado de Santiago anuló sin explicaciones. Durante un tiempo acudían a concelebrar y a ayudar con las confesiones Samuel Fernández o Cristián Hodge, quienes también oficiaban algunos servicios. Pero para marzo de 2011 varios leales curas estaban distanciándose también y Morales hacía casi todas las eucaristías mientras el sacerdote Francisco Javier Errázuriz Huneeus, Panchi, que antes estaba destinado sólo a oír las terribles confesiones de Hamilton, atendía a la larga fila de fieles que querían confesarse. Luego de un servicio corto, en comparación con los que se oficiaban en los buenos tiempos de Karadima, Morales partía al convento donde su maestro permanecía recluido y esperándolo.

Lo que quedaba de la Pía Unión, desde los sacerdotes a los obispos, estaban empeñados en lo mismo: resistir el embate. Y conservar sus puestos. Si había alguna posibilidad de redención de Karadima, esta dependía de la mantención de las redes de poder que había forjado durante tantos años. Pero el ataque contra su estructura fue muy fuerte. El primer objetivo fue el obispo Arteaga, por entonces vicecanciller de la Universidad Católica. Tras el fallo de El Vaticano, cerca de 900 alumnos y académicos de la UC comenzaron a exigir su renuncia. No solo por sus declaraciones de apoyo sino por la permanente actividad a favor de el sacerdote, que logró incluso paralizar la investigación eclesiástica.

El 24 de febrero, casi una semana después de conocido el fallo condenatorio contra Karadima, Arteaga debió hacer una declaración, que sin embargo no consiguió aquietar las aguas, como esperaba.

«Se ha tratado de un tiempo y de un proceso largo y muy doloroso, en el que muchos han experimentado grandes sufrimientos, que me han conmovido profundamente. Solidarizo especialmente con quienes han sido más directamente afectados (…).

Tal como he intentado vivir en todo el ministerio sacerdotal y episcopal, declaro mi completa y filial adhesión a los dictámenes de la Santa Sede, en profunda comunión eclesial, y en concreto a este decreto (…).

Lamento de corazón que palabras o actitudes mías han significado dolor y sufrimiento a quienes han sido afectados en este caso. Me da mucha paz el enfrentar la verdad, la justicia, especialmente en el contexto de la caridad, que es criterio esencial de la vida del cristiano».

Arteaga fue muy cuidadoso en este texto. Nunca mencionó las palabras «víctimas» ni «culpable». Ni siquiera dijo el nombre del acusado. Tampoco expresó la fórmula «abusados sexualmente por el padre Karadima» ni ninguna de las variantes que la justicia vaticana había empelado en su fallo. Habló de «afectados». Y como sostuvieron los denunciantes y sacerdotes críticos, afectados podían ser Karadima y él mismo, quien sin duda estaba golpeado por las presiones para que renunciara a la UC.

El sacerdote Jaime Barros, que vivía con Arteaga en la parroquia Santa Marta, le preguntó al obispo por qué en su declaración no dijo «víctimas»: «Arteaga me contestó que fue porque algunas personas se sienten incómodas u ofendidas si se les trata de víctimas», relató Barros a los autores.

En la declaración no mencionó tampoco las amenaza que le hizo a Murillo sobre los buenos abogados con los que chocaría si seguía repitiendo que el sacerdote lo había toqueteado; ni las misiones que llevó a cabo en favor de Karadima, como la intervención ante Escudero, para desacreditar los testimonios de Hamilton y Murillo que paralizaron la investigación eclesiástica por años.

Fue el propio cardenal Francisco Javier Errázuriz quien puso ese último tema en el debate público, pues, para defenderse de las fuertes críticas que recibía, hizo varias declaraciones ofreciendo disculpas y finalmente dijo que había sido mal asesorado. En una entrevista a Qué Pasa señaló que lamentaba haber suspendido las pesquisas en contra de Karadima por casi 6 años. Y agregó, a modo de explicación, que mientras el investigador eclesiástico, Eliseo Escudero, le decía que las denuncias eran gravísimas, otra persona argumentaba en sentido contrario. «Pedí y sobrevaloré el parecer de una persona muy cercana al acusado. Mientras el promotor de justicia pensaba que era verosímil la acusación, esta otra persona afirmaba justamente lo contrario».

Errázuriz no identificó a Arteaga pero todos en la iglesia supieron que se refería a él. Luego, cuando el diario La Tercera publicó citas del fallo eclesiástico esto quedó confirmado[17].

Parroquia de El Bosque

Parroquia de El Bosque

La molestia por la poca claridad de las palabras de Arteaga ante un hecho que no permitía dos lecturas, se volvió una preocupación mayor en el Arzobispado al unirlas a las declaraciones de Horacio Valenzuela, obispo de Talca. En entrevista con Radio Bío Bío el prelado señaló que el fallo de El Vaticano era una suerte de primera instancia y por lo tanto los cargos que se le imputaban a Karadima no podían ser reconocidos todavía: «Estrictamente hay un juicio civil abierto y todavía falta una apelación en el juicio eclesiástico», dijo. Agregó que por eso «mientras no terminen los juicios no podríamos reconocer la sentencia».

El intento de moderar la fuerza y validez del fallo fue calificado de «temerario» por tres autoridades de la Iglesia Católica, quienes dijeron a los autores de este libro que «con sus declaraciones, Valenzuela se puso al borde de la desobediencia». Para la Iglesia el fallo leído por Ezzati era una condena, no una sentencia de primera instancia. La sentencia podía revisarse: pero en ese momento Karadima estaba condenado y los católicos debían aceptar eso.

Las reacciones de Arteaga y Valenzuela y los silencios de otros dos obispos de la Pía Unión –Koljaticv y Barros– que habían sido vehementes defensores de Karadima, despertaron preocupación en muchos que habían creído que estos prelados aceptarían el dictamen vaticano y solidarizarían con las víctimas. Pero ni las pruebas exhibidas ni la opinión de Roma parecían suficientes para ellos. En el Arzobispado estaban cada vez más sorprendidos del control de Karadima, que hacía que los obispos, enfrentados a evaluar los hechos y a decidir en conciencia, terminaran optando por la obediencia a su guía, contra todas las pruebas y evidencias.

La presión para que Arteaga abandonara su puesto aumentó tras la declaración, a pesar de que contó con importantes defensores como Joaquín Silva Soler, decano de teología de la UC y Juan Ignacio González, obispo de San Bernardo. Este último, entrevistado en La Segunda, dijo: «Para mi monseñor Arteaga ha sido un excelente obispo y amigo. Creo que esta especie de romper vestiduras por las palabras de cercanía de monseñor Arteaga al padre Karadima es muy farisaica y alguna prensa la ha magnificado».

¿Se puede poner en entredicho la gestión de los obispos que fueron formados por Karadima?- le preguntó un periodista de La Segunda a González.

-Los conozco bien en estos años de servicio episcopal y creo que solo alguien que no comprende ni conoce bien la Iglesia puede pensar así. Son hombres de vida interior y trabajo pastoral incesante y han empeñado su vida en sacar adelante su diócesis, sé que están sufriendo, pero también sé que saben darle sentido a ese sufrimiento[18].

La ayuda del prelado del Opus Dei no fue suficiente. El 8 de marzo Ezzati le pidió la renuncia a Arteaga a su cargo como vicecanciller de la Universidad Católica, con lo que Karadima perdía el control que había tenido sobre esa casa de estudios. Arteaga se mostró manso en la despedida: «Estoy tranquilo, muy contento también esperando que el Arzobispo me dé nuevas tareas».

Esas tareas sin embargo nunca llegaron. En parte por el descrédito y en parte por una enfermedad neuronal (aparentemente Parkinson) que se le acentuó tras el estallido del caso Karadima, Arteaga permaneció desde entonces fuera de la exposición pública. Una de sus últimas apariciones quedó registrada en una foto publicada en El Mercurio. Arteaga está en la Catedral de Santiago durante la comunión en la misa del Domingo de Ramos. Pese a la gran cantidad de público nadie hace fila delante suyo para recibir la comunión. Un poco más allá el cardenal Ezzati tiene una larga fila de personas que atender. Arteaga, solo, mira las ostias. Dice la lectura de la foto: «En la misa del domingo de Ramos oficiada en la catedral Metropolitana, el obispo auxiliar de Santiago, Andrés Arteaga, se ubicó en la nave central para dar la comunión a los fieles, junto al Arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati. Sin embargo, los feligreses se aglomeraron para recibir el Cuerpo de Cristo de manos de monseñor Ezzati y de otros dos sacerdotes. Después de un rato, Arteaga se retiró de su puesto y volvió a su sitio en el presbiterio. Algunos de los presentas atribuyeron lo sucedido al impacto que ha tenido en la feligresía el caso Karadima»[19].

***

Morales resistió más tiempo los embates. Pero fue solo para sumar un escándalo más al currículum de El Bosque. En marzo apareció en los tribunales Gabriel Moreno, joven ingeniero que se había formado en El Bosque en los años ’90, y acusó a Morales de haberle recetado antidepresivos en dosis más altas de lo recomendable para su edad. Fruto de esa medicamentación había sufrido pérdida de memoria y luego una crisis que lo hizo internarse en un hospital. La medicamentación, acusó el joven, fue acompañada de una fuerte presión para que siguiera yendo a la parroquia bajo la amenaza de que si no, se condenaría su alma. Según relató Moreno, antes de darle la receta, el sacerdote lo hizo desvestirse para examinarlo, diciéndole que «por esta vez» no le revisaría los genitales.

La denuncia fue publicada a comienzos de junio de 2011 por La Segunda. En la misma nota en que Morales reconocía haberle expedido recetas, anunció también que había decidido abandonar El Bosque.

El domingo 19 de junio Ezzati, rodeado de 40 sacerdotes, ofició la misa con que Morales dejó el Bosque y fue remplazado por el sacerdote Carlos Irarrázaval. En esa ceremonia en que se puso fin oficial al imperio de Fernando Karadima, no se pronunció su nombre.

Ezzati se ubicó al medio del altar y cuando el Arzobispo de Santiago comenzó su sermón, un silencio cargado de señales imperó en el templo:

«Queridos hermanos, una comunidad debe ser unida, porque ahí donde está la división está presente el diablo, que quiere separar, que quiere dividir. Solamente cuando en una comunidad se crea comunión, ahí está presente el espíritu que hace de esa comunión una imagen y un signo de Jesús en el altar».

«Padre Carlos, quisiera pedirte como primera gran tarea de tu ministerio pastoral que seas un pastor que une, un pastor que crea comunión, un pastor que sabe apreciar los dones de los hermanos y los conjuga para el bien de toda la comunidad. Un pastor que busque por encima de todo crear en la comunidad visible de la Iglesia esa virtud fundamental de la comunión que distingue a la Trinidad Santa. La meta ciertamente es muy alta, pero esta es la meta que el Señor te propone vivir como párroco de esta comunidad…»

Tratar a los jóvenes con respeto y guiar a los adultos por el recto camino, fueron las palabras que escogió Ezzati para referirse al pasado que debía quedar atrás. Morales escuchaba con la cabeza gacha, sintiendo las miradas de los fieles sobre su él. Lo que venía no le dio tregua.

Cardenal Ricardo Ezzati junto al Papa Francisco

Cardenal Ricardo Ezzati junto al Papa Francisco

«En segundo lugar, no sería honesto si el obispo que habla a esta comunidad parroquial no hace una referencia explícita al dolor del que la comunidad eclesial del Sagrado Corazón ha vivido y vive. El dolor, el sufrimiento desde la perspectiva evangélica, es siempre camino para una vida nueva. El dolor en la perspectiva del evangelio de la fe es siempre redentor. El dolor purifica. El dolor purifica nuestras intenciones y las hace cada más explicitas en la línea del evangelio del Señor, y por eso quisiera pedirte que acojas el dolor de la comunidad, que lo acompañes y que hagas de ese dolor un dolor redentor, un dolor que crea vida nueva…»

El nuevo rumbo de El Bosque, Ezzati lo dejó explícito en la parte final de su sermón, dirigida al nuevo párroco Carlos Irarrázaval. Ya no habría espacio ni para sectas ni para falsos santos: «Finalmente quisiera hacer presente una última cosa. En la sacristía, antes de iniciar la celebración, el padre Carlos ha renovado su profesión de fe delante del obispo. He querido, en cambio, que la profesión de fidelidad a la Iglesia la hiciera aquí públicamente, delante del obispo y delante de la comunidad, porque la parroquia es una porción de la iglesia diocesana. Porque el párroco rige una comunidad pastoral en nombre del obispo. Porque alrededor del obispo todas las comunidades están llamadas a vivir en la unidad y están llamadas a hacer destinos del señor Jesús…»

Cuando Ezzati terminó, la profunda emoción de los fieles invadió el templo hasta estallar en un prolongado aplauso. El órgano y Francisco Márquez, el hombre que marcó con su voz las misas de Karadima, dieron paso a un canto acompañado de guitarras, sonido inédito en esa parroquia. La misa había concluido.

El innombrable no sólo había sido Karadima, sino también Morales. Después de servir cinco años como párroco, abandonaba El Bosque sin una sola palabra de agradecimiento. Sentado junto a Francisco Javier Errázuriz Huneeus, Panchi, el sacerdote que conoce todos los secretos de Karadima y de quien éste se burlaba y humillaba, ni siquiera ayudó a dar la comunión.

Tras la misa, en el salón parroquial hubo un encuentro informal de Ezzati y el nuevo párroco con la comunidad. Y allí se pudo ver grupos molesto por el desaire a Morales. Aunque el desalojo de la iglesia había terminado, la convicción en las mentes de muchos fieles demoraría mucho más en cambiar, si es que alguna vez lo hacía. Tal vez el mejor testimonio lo brindó Pedro Manuel Bulnes del Valle, joven feligrés de El Boque que declaró ante la ministra González luego de que El Vaticano refrendara, el 22 de junio de 2011, la condena en contra de Karadima:«En mi opinión, la decisión tomada por Roma debe estar influenciada por las luchas de poder interna de la Iglesia chilena. No creo que sea verdad lo que se ha denunciado en contra del padre Fernando pese al decreto del Vaticano, ya que los documentos que llegaron al Vaticano fueron recolectados por sacerdotes que participan en luchas de poder y por lo tanto la Iglesia puede haber cometido ese error ya que los antecedentes que le entregaron estaban influenciados»[20].

¿Cuántos sacerdotes pensaban igual? Imposible saberlo. Los prelados que seguían perteneciendo a la Pía Unión definieron su posición tan tarde, que en su actitud parecía influida por el miedo a un castigo del Vaticano y no por la convicción de que Karadima era culpable.

El gestor de la ruptura final fue Samuel Fernández, quien junto a otros sacerdotes hicieron gestiones para que Morales, Ossa y Söchting salieran también del edificio en llamas. Pero se negaron. «Ellos decidieron quedarse hasta el final, decidieron quemarse con la torre», dijo a los autores de este libro un religioso de El Bosque que aunque se siente completamente separado de ellos, no puede olvidar los años de formación y la amistad que compartieron.

El texto de ruptura con Karadima lo enviaron 15 sacerdotes a Ezzati, mientras se realizaba la asamblea plenaria de los obispos en Punta de Tralca. Las palabras prohibidas aparecieron. Incluso el nombre del maestro.

«Cada uno de nosotros, a distinto ritmo, ha vivido un proceso interior muy doloroso para tomar conciencia de la real dimensión y el significado de los hechos sancionados por la Santa Sede, referidos al padre Fernando Karadima. De acuerdo a nuestra experiencia, inicialmente nos resultaba muy difícil creer, y ahora queremos escuchar, acoger y acompañar a quienes tanto han sufrido. Hemos requerido de mucho tiempo para recorrer este largo y difícil camino a la luz de la investigación y la realidad de los hechos. Hoy quisiéramos dar señales claras de nuestro dolor. Hacemos nuestro el dolor de las víctimas, y queremos acompañarlos con respeto y solidaridad.

Además, lamentamos mucho que estos hechos hayan repercutido tan negativamente en nuestra sociedad y en nuestra arquidiócesis. Por eso, como sacerdotes de su clero, le reiteramos nuestro deseo de trabajar por la comunión en nuestra querida Iglesia de Santiago. Con sinceridad y humildad, quisiéramos dejarnos conducir por usted para iniciar un camino de renovación y de profundización de nuestro ministerio sacerdotal»[21].

Tras oficializar su ruptura, buena parte de los 15 sacerdotes ocupó los días reuniéndose con los curas que se alejaron primero de Karadima y restableciendo vínculos y confianzas quebrantadas por ocho meses intensos que cambiaron para siempre sus vidas.

Rodrigo Polanco

Rodrigo Polanco

También se acercaron a los denunciantes James Hamilton, Juan Carlos Cruz y José Andrés Murillo. Y les ofrecieron disculpas. Algunos, con lágrimas en los ojos, como Samuel Fernández. Las disculpas de este fueron aceptadas; otras requirieron más tiempo y más explicaciones. Rodrigo Polanco le envió un correo electrónico a Juan Carlos Cruz para restablecer contacto. Cruz le respondió que después de la persecución y descalificaciones a las que él lo sometió, no podía pretender arreglarlo todo con un correo electrónico[22].

Tres días después cuatro obispos de los cinco obispos[23] formados por Karadima se sumaron al desbande a través de un comunicado público:

«Con gran dolor hemos asumido la sentencia que declara su culpabilidad en graves faltas sancionadas por la iglesia. Como tantos, hemos conocido con profundo asombro y pena estas situación y sus diversos y múltiples efectos.

Queremos manifestar nuestra solidaridad y cercanía con las víctimas, sus familias y con todas las personas que por estos tan tristes acontecimientos han sufrido y se han escandalizado. Cada uno de nosotros ha sido duramente impactado por esta tan lamentable situación y hemos también vivido jornadas muy tristes.

Junto al Santo Padre reiteramos nuestro más absoluto rechazo y dolor por cualquier actitud impropia de un consagrado.

Rezamos junto a nuestra amada Iglesia para que Dios nos conceda el don de la paz, que nace de la verdad y nos lleva a la reconciliación».

De los obispos, por cierto, se esperaba más que eso, pues los denunciantes los situaban siempre en el corazón de sus tragedia. El obispo Koljiatic le hacía arrumacos a Karadima, según contaron Hamilton y Cruz; y de acuerdo a la denuncia de Murillo, la vez que Karadima quiso masturbarlo, Koljatic sabía lo que iba a pasar y se fue, dejándolo solo. El obispo Valenzuela, según narró Francisco Gómez Barroilhet, era experto en esquivar las manos y los besos de Karadima y daba saltos eléctricos cada vez que el sacerdote le tocaba el trasero; y de acuerdo con lo señalado por Luis Lira y Cruz, estuvo en los duros juicios a los ellos que fueron sometidos. El obispo Barros, por su parte, fue acusado por Gómez de romper la carta que en 1984 le enviaron al Arzobispo Franciso Fresno un grupo de feligreses en la que le advertían de cosas extrañas que pasaban en el Bosque. Y escribió, según acusó Cruz, la carta que llegó al Seminario y en la que lo acusaban de haber acosado sexualmente a Guillermo Ovalle y a Gonzalo Tocornal. Varios testigos lo identificaron también como parte de los juicios que Karadima organizaba para que algún discípulo hiciera su voluntad.

Además los cuatro, según dijo James Hamilton, fueron «regalías máximas» de Karadima en distintos periodos y muchas veces se quedaron hasta tarde en la pieza de Karadima que no era el reino del espíritu sin de la carne; y presenciaron y sufrieron –también según varios testigos– besos cuneteados, bromas de doble sentido y apodos afeminados. Todos padecieron las confesiones en la pieza y debieron enfrentarse al Karadima inquisidor que les preguntaba sobre sexo insistentemente. Es evidente, además, y así lo atestiguan varios sacerdotes y laicos, que los cuatro obispos probaron alguna vez su ira, fueron objeto de la ley del hielo y debieron ignorar a alguien pues el «santo» lo ordenaba.

Peor: todos estuvieron disponibles para realizar las tareas que Karadima mandaba. Algunas eran riesgosas, como el viaje al El Vaticano que emprendieron dos de ellos poco antes de la entrega del primer fallo en contra de Karadima para insistir en la inocencia de su maestro y para alegar que el cardenal Francisco Javier Errázuriz había perdido el control del Arzobispado.

Una misión inútil porque al llegar a Roma, los dos obispos chilenos se encontraron con que el hombre con más poder en El Vaticano después del Papa, Ángelo Sodano, el decano del colegio cardenalicio y ex secretario de Estado, había perdido casi todo su poder. El que fuera nuncio apostólico en Chile en los años 80 y se reuniera frecuentemente a solas con Karadima, al punto de que uno de los salones de la parroquia pasó a llamarse «la salita del Nuncio», había caído en desgracia. Sólo meses más tarde, en julio de 2011, se sabría que el estallido de abusos sexuales que enfrentaba la Iglesia Católica en el mundo lo había salpicado.

Otras tareas que los obispos de Karadima debieron cumplir, eran más miserables. Como la que realizaron Arteaga y Barros cuando un sobrino del mandamás de El Bosque, Felipe Karadima, renunció al sacerdocio. El joven alegó que su tío Fernando lo había presionado para ordenarse. El padre del joven –Sergio Karadima–, respaldó a su hijo, cosa que indignó al sacerdote. Según contó a los autores de este libro uno de los hermanos de Karadima, el cura envió a Arteaga y Barros a hablar con la familia para que le hicieran la ley del hielo a Sergio. Como muchos dependían económicamente del cura y le tenían miedo, obedecieron a los obispos.

Cuando fueron interrogados por la jueza Jessica González, los obispos negaron todos estos episodios.

Tomislav Koljiatic dijo: «No sufrí ni vi toquecitos en los genitales, los besos en la boca y el lenguaje vulgar y grosero. Yo era muy cercano y amigo del padre Fernando. Su madre era la madre reina, había un ambiente muy agradable y por ser un ambiente de jóvenes a veces no poníamos sobrenombres, a mi me decían Tomy o Flaco (…) Estuve presente en alguna corrección fraterna, pero no vi la dirección espiritual del padre Fernando entrando en aspectos que no fueran espirituales. Sí es efectivo que habían expresiones de cariño del padre hacia mí como que alguna vez yo colocaba mi cabeza en su pecho, como lo hacía con mi papá. Eso ocurría en el comedor, no en su pieza (…) Nunca vi que el padre Fernando le quitara su afecto a alguno y que eso significara que sus dirigidos se distanciaran de esa persona».

Horacio Valenzuela sostuvo: «Siempre vi que saludaba de beso en la mejilla, nunca vi tocaciones en los genitales, a lo más una palmada en las nalgas. Nunca sufrí los besos cuneteados. Lo manifestado por Gómez Barroilhet es falso. (…) Respecto de la forma en cómo ejercía la dirección espiritual hay que considerar el carácter fuerte del padre Fernando lo que lo llevaba a corregir severamente con el fin de educar: mi experiencia es que esto no fue para ejercer presiones, control y manipulación indebidas. A mí me corrigió hartas veces y lo agradezco. Todos éramos personas adultas y si alguno se sintió incómodo podía alejarse. (…) Mi opinión de los hechos es de acatamiento a lo que diga la Santa Sede. (…) De haber visto lo que se señala no habría llevado a mis sobrinos que son mi “regalía máxima”».

Obispo Juan Barros durante la visita del Papa Francisco

Obispo Juan Barros durante la visita del Papa Francisco

Juan Barros, el obispo castrense, fue el peor. Dijo más de 20 veces «no recuerdo» en su declaración. La carta de 1984 que según Gómez Barroilhet él había roto, no la recordó. Tampoco, «haber estado presente una corrección fraterna a Luis Lira, no al menos en los términos que él describe, grotesca y dañina para él». No recordó que Karadima se opusiera al ingreso al Seminario de Cruz ni de haber participado en una reprimenda a este denunciante en la que se le dijo que tenía «tejado de vidrio». Tampoco recordó la carta que Cruz leyó, y en la que Barros lo acusaba de haber acosado sexualmente a Guillermo Ovalle y a Gonzalo Tocornal; tampoco recordó al reprimenda pública a Juan Debesa, «por conversar con personas ajenas a El Bosque»; ni la que le hicieron con Arteaga a James Hamilton, cuando se negaba a ir a la pieza de Karadima. Barros dijo acatar el fallo vaticano. Y agregó que si durante 30 años estuvo vinculado a El Bosque, «fue porque vi algo positivo en ello, sin perjuicio de que haya habido cosas que no me gustaran como el mal genio del padre Fernando».

Es por estas declaraciones, contradictoras con la realidad probada en las investigaciones, que hasta la fecha en que se escribe este libro persisten las dudas respecto a la sinceridad del quiebre de los cuatro obispos con Karadima.

En los hechos la Pía Unión Sacerdotal, que durante años se impuso como el modelo correcto de formación espiritual, continuó bajo sospecha, y por ello en las designaciones de vicarios que hizo Ezzati en 2011 no nombró a ningún sacerdote de ese grupo. Ni de los que se fueron primero ni de los que ese marcharon a última hora. Una fuente del Arzobispado dijo a los autores que, descontando a los obispos que son nombrados por El Vaticano, durante mucho tiempo no habrá nadie formado por Karadima en ningún puesto de responsabilidad en la Iglesia chilena.

Más aun, según esas mismas fuentes la intervención de la Pía Unión que ordenó El Vaticano, y que se materializará a través de uno obispo uruguayo, probablemente determinará el fin de esa entidad y el traspaso de sus bienes al Arzobispado.

«No será una intervención de la Pía Unión sino su extinción», anunció a los autores de este libro una alta fuente del Arzobispado.

***

Una semana antes de la misa que puso el punto final al dominio de Karadima en El Bosque, un inusitado movimiento rompió la calma de la poco transitada calle Juan de Dios Vial, frente al ingreso trasero de la parroquia. A través de esa puerta, que por décadas vio a los jóvenes más íntimos del cura salir de madrugada cargando pensamientos angustiosos, entraron la mañana del sábado 11 de junio de 2011 siete personas mayores: los hermanos del sacerdote.

Venían a abrir otra puerta que había sido resguardada con más esmero que la del propio templo: la puerta de la casa que habitó Elena Fariña y que desde el día de su muerte, el 17 de marzo de 1997, fue mantenida como un santuario inexpugnable por orden de su hijo sacerdote. Solo Fernando Karadima podía entrar ahí. Y también la señora Silvia Garcés, la cocinera a quien Karadima le dio 29 millones de pesos y que hacía el aseo. Ninguno de sus hermanos había ingresado a esa casa en 14 años. La orden de que nadie entrara se cumplió incluso después que el sacerdote se fuera a su lugar de reclusión, pues Juan Esteban Morales no permitió que nadie violara la voluntad de su mentor.

Los hermanos llegaron a desocupar la casa de Elena Fariña y repartirse sus bienes.

El inmueble estaba igual a como la dejó la difunta. Los mismos adornos, en la misma posición, las fotos de los hijos, entre ellas, la de Fernando con el Papa Juan Pablo II, la que más apreciaba y que lucía en un lugar de honor de la residencia. Y también los muebles, pinturas y adornos, muchos de los cuales conocían desde niños, cuando vivían en calle Salvador, antes de que Fernando fuera sacerdote. Había también gran cantidad de objetos finos y ropas que no correspondían a los ingresos de una mujer que siempre había sido dueña de casa. Eran regalos que le hacían sus hijos y sobre todo Fernando, quien, de sus vacaciones anuales a Europa, siempre le traía algo costoso para tratar de ganarse su afecto.

El reparto que hicieron de las cosas de Elena fue de común acuerdo. Cuando un objeto le interesaba a más de uno, se rifaba. Así, por lo demás, estaba indicado en el testamento que ella mandó a redactar el 9 de abril de 1985. Sus objetos personales eran para todos. Lo único que dejó con nombre y apellido fue el gran bien que poseía: un departamento en la calle Padre Restrepo que el cura vendió en 2 mil UF en 2010, (unos 42 millones de pesos) justo antes de que se iniciara el escándalo. Ese departamento se lo heredó en forma exclusiva a Fernando Karadima.

En las conversaciones que los hermanos tuvieron luego de la reclusión de Fernando, algunos aseguraron que siempre pensaron que ese testamento era falso. Especialmente las palabras de gratitud de Elena por su hijo. Pero no lo imputaron en su momento porque le tenían miedo a Fernando Karadima. Miedo por el poder que ostentaba, capaz de dividir a las familias; miedo porque varios de ellos recibían ayuda económica de su parte; y miedo porque siempre estaba hablando de su malestar al corazón «y todos temíamos que si peleábamos con él, le diera un ataque o simulara un ataque y nos echara la culpa», asegura un hermano del sacerdote.

La familia cedió a todas las presiones de Fernando. Como en las películas de magia donde los hechizos se deshacen con la muerte del brujo malvado, la reclusión del sacerdote permitió a su familia volver a la normalidad. Le pidieron perdón a Sergio por haberlo dejado solo cuando Fernando mandó a sus obispos a ordenar que no le hablaran. Y el sacerdote Gonzalo Guzmán, que por orden de Karadima llevaba 10 años alejado de sus padres Elena Karadima y Sergio Guzmán, volvió a casa. Por supuesto, varios sentían angustia pues ya no podrían volver a contar con las ayudas financieras de su hermano sacerdote, ayudas que salían probablemente de los fondos parroquiales. De hecho el citado Gonzalo Guzmán fue el último en recibió una dádiva de Karadima: un fundo avaluado en 130 millones de pesos llamado El Rincón del Olivar y ubicado en la zona de Requínoa, Rancagua. La propiedad era una regalía que el Arzobispado de Rancagua le entregaba al sacerdote para que lo arrendara y así pudiera mantenerse económicamente. El anterior tenedor del terreno había sido el sacerdote Fidel Araneda Bravo, muy amigo del tío de Karadima, Pío Alberto Fariña. Este, al morir lo traspasó a Karadima quien decidió entregarlo a su sobrino Gonzalo cuando ya se había iniciado la investigación eclesiástica en su contra.

Desde el fallo de El Vaticano y hasta el reparto de las pertenencias de Elena Fariña la familia no supo nada del sacerdote. Solo Jorge, el hermano mayor, habló con él para avisarle que habían decidido repartir las pertenencias de su madre. Fernando le dijo que no quería nada, salvo sus fotos. El silencio entre él y la familia no era nuevo. Un pariente cercano asegura que ninguno de los hermanos tenía su celular. Que para llamarlo había que llamar a la parroquia, dejar recado y él llamaba de regreso, cuando lo estimaba conveniente.

A la misma hora en que la casa de Elena se vaciaba, Francisco Costabal, presidente de la Acción Católica, el laico más fiel a Fernando Karadima, coordinaba la ultima parte del desalojo: liberar las dos piezas donde el sacerdote tenía sus cosas.

Diego Ossa

Diego Ossa

Costabal entró un camión por el protón de en frente, que da a la calle El Bosque, y durante las siguientes horas muebles diversos y enormes cajas fueron llenando el vehículo. Allí iban los libros que coleccionaba Karadima y que nunca abrió, pues tenía a Arteaga para que le hiciera resúmenes que citaba en sus prédicas; iban los relojes de péndulo que coleccionaba con avidez y que, según le dijo a Murillo, lo hacían pensar en la eternidad del infierno; también los equipos de música que acumuló y las cajas con medallas que prodigaba entre quienes se disputaban sus favores.

Ni en su peor pesadilla Karadima imaginó un final como este.

Verónica Miranda dijo a los autores de este libro que el sacerdote «siempre nos decía que su mayor terror era quedarse solo». Ahora, el hombre que Arteaga imaginó convertirse en santo, el cura que ideaba auto homenajes, el mismo que tenía una corte de disciplinados seguidores a su servicio, estaba solo, en un convento, mientras las que fueron sus víctimas comenzaban a reconstruir sus vidas y se preguntaban cómo fue que cayeron en algo tan demencial.

A medida que los meses pasaban y que la investigación de la ministra Jessica González mostraba las dimensiones de la locura que Karadima organizó en El Bosque, empezó a cuajar otra pregunta, tal vez la última y más importante: ¿Todas las victimas de Karadima salieron a la luz? ¿Hasta cuándo fue que el sacerdote toqueteó y abusó de jóvenes?

A mediados de octubre de 2011 la jueza González cerró la investigación sin procesar a Karadima. La decisión de la jueza fue celebrada con júbilo en la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, ubicada en calle Echeñique, en La Reina. Allí llegó a vivir Diego Ossa, bajo el amparo del párroco José Miguel Fernández, un sacerdote también formado en El Bosque y que al igual que Ossa y Julio Söchting, se negó a firmar cualquier declaración de aceptación del fallo vaticano que condenó a Karadima. Otros jóvenes de la Acción Católica de El Bosque se les unieron. Un celular manejado con absoluta discreción, como si fueran soldados de una guerra religiosa, le permitía al grupo mantener contacto permanente con su director espiritual.

«Ser manso como un cordero y astuto como una serpiente», era la frase bíblica que le Diego Ossa le reiteraba a su protegido Oscar Osben[24]. La frase se la escucharon otros sacerdotes y laicos de El Bosque, quienes la recordaron cuando observaron que el pequeño círculo que se quedó hasta el final junto a Karadima empezó a reagruparse en la Parroquia Nuestra Señora de la Paz. Era una señal de que la secta de El Bosque no había desaparecido.

Mientras se cerraba este libro la ministra Jessica González emitió su resolución final[25] acreditando todos los delitos por los que fue acusado el sacerdote Fernando Karadima. «Los antecedentes probatorios reunidos en esta investigación y los hechos justificados en la causa, permiten establecer que las conductas constitutivas de delito tuvieron lugar entre los años 1980 y 1995», dictaminó la jueza. Para la historia quedará su detallado fallo de 84 páginas en el que citó todos los testimonios que le permitieron acreditar que Karadima había abusado de Fernando Batlle, James Hamilton, Juan Carlos Cruz y José Murillo, pero podía seguir tranquilamente con su vida, pues sus actos estaban fuera del alcance de la ley por una simple cuestión de tiempo.

Pese a las acuciosas indagaciones la jueza no encontró casos recientes. El último testimonio era el de Fernando Batlle, quien se retiró de la parroquia a mediados de los ‘90. La pregunta que dejó pendiente la ministra (y por eso hay tres sobreseimientos parciales) es si es efectivo que Karadima detuvo sus abusos deshonestos luego de que Batlle abandonara la parroquia. En la investigación no hay ningún hecho que acredite un milagroso cambio de actitud de Karadima a partir de 1995, Por el contrario, entre 1995 y 2006, Karadima fue omnipotente en la Iglesia Católica chilena, haciendo su voluntad en muchos niveles. Su poder llegó al extremo de que en 2006, cuando el Arzobispo Francisco Javier Errázuriz le pidió que dejara de ser párroco de El Bosque, él impuso a Juan Esteban Morales, «su regalía máxima». El abogado Hernán Arrieta, uno de los testigos que cita en su fallo final la ministra González, asegura que Karadima le confidenció que fue la forma de «quebrarle la mano» al cardenal, para que en El Bosque «nada cambiara».

Por supuesto no se puede condenar a nadie cuando faltan las víctimas. Y, sin embargo, esta historia parece cerrarse con la sombría sospecha de que en muchos hogares hubo víctimas que hablaron pero no contaron con la comprensión y apoyo que Verónica le brindó a James.

«Aquí nunca se va a conocer cuanta gente está involucrada, porque varios jóvenes que fueron abusados, y cuyos padres se enteraron, lo único que hicieron fue retirarse de la iglesia, pero no denunciaron por miedo a la vergüenza de la familia. Eran hijos de familias bien y eso les hizo que no denunciaran por vergüenza que salieran sus nombres», dijo Bernardo Castillo, nochero de El Bosque por más de 20 años, a los autores de este libro.

Es una hipótesis a considerar.

Sobre la última mudanza de Karadima hay que agregar un detalle. A pesar de que el camión que manejaba Francisco Costabal era amplio, no dio a basto para sacar todas las pertenencias del sacerdote en solo una jornada. El acarreo debió continuar el lunes en la mañana. Entonces, ayudado por Jorge Tote Álvarez, Francisco Márquez y otros tres jóvenes que seguían honrando a Karadima, Costabal cargó lo que quedaba casi sin intercambiar palabras con sus compañeros. Luego el vehículo salió de El Bosque furtivamente, sin homenajes ni llantos y se dirigió a su destino final: la bodega «Guardatodo.cl».

El desalojo había terminado.

Referencias

[1]«Las razones de los acusadores de Karadima para no apelar a cierre del sumario», Juan Andrés Guzmán, CIPER, 26 de noviembre de 2010.

[2] Declaraciones publicadas en el diario The New York Times. James Hamilton luego señaló que éstas habían sido hechas en off the record.

[3]«Cardenal sobre alejamiento de Karadima de la parroquia: “Cualquier ser humano en situación de gran agobio quisiera tener un respiro”», La Segunda, 2 de septiembre de 2010.

[4] Un mes más tarde, el 22 de noviembre de 2010, Francisco Javier Errázuriz encabezó una ceremonia en la que la Iglesia pidió perdón por los abusos a menores cometidos por sacerdotes. «Queremos pedir perdón por todos aquellos que habiendo recibido la confianza del ministerio de la Iglesia, han ofendido a los más pequeños de nosotros». ¿Se quería referir a Karadima? Los gestos del Arzobispo Errázuriz parecían querer dejar satisfechos a las víctimas sin molestar al entorno del victimario.

[5] Carlos Peña el 27 de marzo de 2011 se refirió en duros términos a la labor del cardenal en este caso. En una columna en El Mercurio titulada «El caso Karadima-Errázuriz», sostuvo: «El encuentro entre Karadima (un perverso) y Errázuriz (un indolente), plantea varios problemas de interés público. El primero es de coherencia. La Iglesia Católica (luego del giro conservador que experimentó), enfatiza la ascesis sexual, prohíbe el divorcio, condena el uso del preservativo y execra la vida homosexual. Los católicos que son gays o lesbianas, los divorciados, los usuarios del condón o quienes practican el sexo orientado al placer y no a reproducirse, han debido soportar una y otra vez que Errázuriz les dijera, o insinuara, que sus vidas estaban torcidas. ¿Por qué –se preguntan ahora– Errázuriz fue tan severo con ellos y en cambio tan incrédulo con los denunciantes de Karadima al extremo de desoírlos durante años?».

[6] Hamilton, Cruz y Murillo apelaron el 20 de diciembre de 2010.

[7]«Los abogados de Karadima hablan ad portas del desenlace en la justica chilena y en la del Vaticano», Rocío Montes, El Mercurio, 26 de diciembre de 2010.

[8]Según el Código de Derecho Canónico, la pérdida del estado clerical puede decretarse por sentencia judicial o decreto administrativo, «no lleva consigo la dispensa de la obligación del celibato», aunque el sacerdote «pierde los derechos propios del estado clerical» y «queda privado de todos los oficios, funciones y de cualquier potestad delegada». En los hechos, se trata del paso previo a la excomunión.

[9] El cardenal Francisco Javier Errázuriz celebró su última misa como Arzobispo de Santiago el 9 de enero ante una Catedral Metropolitana repleta. Era su despedida. No mencionó a Karadima aunque pareciera haberse referido a él cuando dijo: «Intuyo que Dios permitió golpes poderosos para que nuestra misión pastoral la realicemos con mucha humildad».

[10] El Arzobispo Ricardo Ezzati dijo: «No quiero juzgar como la justicia civil ha intervenido en esto, pero tengo que decir que la justicia eclesiástica ha sido más eficiente».

[11] Fernando Karadima declaró ante la ministra Jessica González el 26 de mayo de 2011.

[12] Declaración ante la jueza Jessica González del 8 de abril de 2011. Todas las citas a Andrés Ferrada en este capítulo corresponden al mismo documento.

[13] Ante la jueza Jessica González, el sacerdote Andrés Ferrada señaló que mirando las cosas en perspectiva le parecía que los interrogatorios a los que lo sometía Karadima «se relacionaban con las denuncias de abusos sexual que ya a esa fecha existían en la iglesia, ya que recuerdo con certeza que cuando nos encontramos con Karadima en 2005, este me sugirió que lo que yo habría dicho o hecho estaría vinculado con que ciertas personas habría tomado contacto conmigo acerca de su comportamiento y me habrían referido situaciones acerca de él que me habrían escandalizado».

[14] En su declaración ante el fiscal Xavier Armendáriz el 22 junio 2010, el sacerdote Fernando Ferrada dijo: «El padre Fernando impone su voluntad confundiéndola con la voluntad de Dios y confunde la salvación con hacer su voluntad. Por ejemplo a mi me alejó de mi hermano Andrés dado que él se apartó de su influencia. La separación duró varios años y solo ahora hemos vuelto a hablar, dado que todo esto ha sido como un proceso paulatino de darme cuenta de lo que sucede».

[15] Ante el fiscal Xavier Armendáriz Juan Esteban Morales declaró que Karadima era su director espiritual desde 1978. «He compartido mi vida con él, tenemos una amistad de mucho respeto, como uno puede tener amistad con su padre biológico. Por lo mismo que lo conozco, de contacto directo, puedo decir que se trata de una persona de vida personal y sacerdotal intachable».

[16] Declaración ante la ministra Jessica González del 25 de mayo de 2011.

[17] La parte de intervención de Arteaga que quedó registrada en la investigación eclesiástica fue revelada en el reportaje «El testimonio con que el obispo Arteaga defendió a Karadima» de Patricio Carrera y Gabriel Vergara, publicado en La Tercera el 3 de abril de 2011. Según el artículo Errázuriz le solicitó por escrito a Escudero considerar la opinión de Arteaga y este «aseguró que Karadima tenía una vida pública intachable, que era un modelo estimulante como sacerdote católico y que, desde su punto de vista, el párroco estaba entregado a su misión de fe». Respecto de James Hamilton y de José Murillo, Arteaga habría dicho que «tenían conflictos vocacionales, profesionales y personales graves y aseguró que alteraban la realidad, mezclando cosas ciertas con hechos completamente falsos». A Murillo lo tildó de persona con «una desorientación vocacional» y «con necesidad de ayuda sicológica»: «una personalidad narcisista e intelectual». A Hamilton básicamente lo definió como un mal agradecido puesto que Karadima lo había ayudado financieramente con desprendimiento, incluso pagándole la beca de especialidad como médico y dijo que «se le dio la oportunidad para que saliera adelante y se reconciliara con su familia». Su motivo para irse de El Bosque, contó Arteaga «no fue otro que el ya citado enamoramiento por su cuñada».

[18]«Caso Karadima: obispo González y decano de teología UC defienden a monseñor Arteaga», Felipe Díaz, La Segunda, 22 de febrero de 2011. El obispo Juan Ignacio González, del Opus Dei, junto con defender a los obispos formados por Karadima criticó las declaraciones del presidente de la Corte Suprema, Milton Juica, quien dijo que la justicia chilena debía conocer la investigación eclesiástica y también, que le parecía que debía nombrarse un ministro en visita. Dijo Juica: «La regla general dice que cada vez que un juez necesita información que esté disponible en otra parte, esa información tiene que ser puesta a su disposición». González contestó: «No veo por qué tiene que meterse a opinar sobre esto el presidente de la Corte Suprema cuando es una cosa que están conociendo otros tribunales, ni menos que él mismo diga que tiene que haber un ministro en visita».

[19] El Mercurio, 18 de marzo de 2011.

[20] Declaración ante la ministra Jessica González del 31 de mayo de 2011.

[21] Los firmantes de esta carta fechada el 5 da abril de 2011 son Samuel Fernández, Nicolás Achondo, Cristián Hodge, Rodrigo Polanco, José Tomás Salinas, Javier Vergara, Jorge Merino, Francisco Cruz, Antonio Fuenzalida, Pablo Guzmán, Rodrigo Magaña, Gonzalo Guzmán, Jaime Tocornal, Juan Ignacio Ovalle y Pablo Arteaga. Inicialmente la carta la firmaba también Javier Manterola, pero a último momento pidió que retiraran su firma. Luego Manterola envió otro texto alejándose también de Karadima. Ossa, Söchting y Morales quedaron en silencio, lo fue interpretado como un respaldo tácito a Karadima.

[22] El 18 de mayo de 2010 Rodrigo Polanco concedió a CIPER una entrevista titulada «Quisiera pedirle perdón personalmente a Juan Carlos Cruz» en la que trataba de explicar su historia en El Bosque. Tiempo después el sacerdote logró reunirse con Juan Carlos Cruz y este aceptó sus disculpas. Sin embargo Polanco, con esa entrevista, no logró saldar todas sus deudas. Sus años como formador y rector en el Seminario dejaron huella en muchos seminaristas que escribieron duros comentarios sobre las disculpas ofrecidas por el sacerdote. El texto más duro lo enviaron los padres del seminarista Felipe Herrera Espaliat: «Somos los padres de un seminarista que en junio de 2005 fue expulsado del Seminario Pontificio Mayor de Santiago. Con espanto hemos seguido la investigación del caso Karadima, sufriendo con las víctimas de abusos sexuales y sus familias. Pero nosotros como familia también fuimos testigos del espantoso abuso de poder del que fue objeto nuestro hijo por parte del ex rector del Seminario, Rodrigo Polanco. Por eso nos indignan las inaceptables declaraciones que emitió a CIPER con motivo de su comportamiento hace 25 años con el señor Juan Carlos Cruz. Esa conducta persecutoria del presbítero no fue un hecho aislado en la década de los 80, sino un estilo que se consolidó impunemente cuando fue nombrado rector en 2002. Nuestro hijo fue uno de los muchos seminaristas que sufrieron el hostigamiento solapado de Polanco, revestido de búsqueda de santidad, pero basado principalmente en el asedio psicológico en contra de todos aquellos que no quisieran someterse plenamente al modelo promovido por El Bosque».

[23] El quinto obispo, Felipe Bacarreza, se distanció de Karadima a principios de los 80, sin que nunca aclarara el motivo. Pese a haber permanecido largo tiempo al lado de Karadima, no fue citado a declarar.

[24] Parte de la declaración de Oscar Osbén ante la Policía de Investigaciones en septiembre de 2010, en la investigación por el uso de los dineros de El Bosque.

[25] El texto íntegro del fallo de la ministra Jessica González, emitido el 14 de noviembre de 2011 se encuentra en CIPER (www.ciperchile.cl) así como más de 15 reportajes de investigación relacionados con este caso.