Papa Francisco y el dolor de los inmigrantes (memorias)

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El dolor del Papa por aquel esposo refugiado que “lloraba tanto”

Durante el rezo del “Regina Coeli” Francisco relató conmovido la historia de un hombre joven que conoció en su visita a Lesbos y cuya mujer, cristiana, fue degollada por los terroristas 

Papa Francisco


Pubblicato il 17/04/2016
Ultima modifica il 17/04/2016 alle ore 12:51
CIUDAD DEL VATICANO

 

“He visto mucho dolor”. Francisco revivió este domingo la tristeza y la experiencia de su encuentro con los refugiados en la isla de Lesbos, la víspera. Durante el rezo del “Regina Coeli”, asomado a la ventana de su estudio personal en el Palacio Apostólico Vaticano, agradeció a los fieles la compañía espiritual a su visita. No insistió en mandar mensajes humanitarios, más bien decidió compartir una conmovedora anécdota. 

 

“Quiero contar un caso particular de un hombre joven. No tiene 40 años. Lo encontré ayer con sus dos hijos. Él es musulmán y me contó que estaba casado con una muchacha cristiana. Se amaban y se respetaban mutuamente. Pero, por desgracia, esta muchacha fue degollada por los terroristas porque no quiso negar su fe. Es una mártir y ese hombre lloraba tanto”, contó, visiblemente conmovido. 

Explicó que, a los refugiados, les llevó la solidaridad de la Iglesia junto con el patriarca ecuménico Bartolomé y el arzobispo Hieronymos de Atenas y toda Grecia, “para mostrar la unidad en la caridad de todos los discípulos del señor”. 

 

“Visitamos uno de los campos de refugiados. Provenían de Irak, de Afganistán, de Siria, de África, de tantos países. Saludamos unos 300 de estos refugiados, uno a uno, los tres, el patriarca Bartolomé, el arzobispo Hieronymos y yo. Tantos de ellos eran niños, algunos de estos niños asistieron a la muerte de los padres y compañeros, algunos de ellos muertos ahogados en mar. He visto tanto dolor”, insistió. 

 

Además, el Papa se mostró cercano con las poblaciones de Ecuador, golpeadas la madrugada de este domingo por un violento terremoto que causó “numerosas víctimas e ingentes daños”. Así evocó a los 77 muertos y casi 600 heridos por el sismo de 7.8 grados en la escala de Richter que golpeó la provincia de Manabí, al noroeste de Ecuador. “Rezamos por aquellas poblaciones, y también por las del Japón, donde ha habido algunos terremotos en estos días. La ayuda de Dios y de los hermanos les de a ellos la fuerza y el sostén”, añadió. 

 

Mostró su cercanía con “tantas familias” preocupadas por los problemas de trabajo y dedicó un particular pensamiento a las situaciones precarias de trabajadores italianos de los “call center” (los centros de atención telefónica). “Deseo que, sobre todo, prevalezca siempre la dignidad de la persona humana y no los intereses particulares”, indicó.  

 

Antes del “Regina Coeli”, Jorge Mario Bergoglio reflexionó sobre el pasaje bíblico del buen pastor y aseguró que nadie puede decirse seguidor de Jesús si no escucha su voz, como el mismo Cristo refirió en la parábola de las ovejas. Advirtió que esa “escucha” no es superficial, sino profunda, al punto de hacer posible un verdadero conocimiento recíproco del cual puede surgir un seguimiento generoso. 

 

Gracias al buen pastor “no tenemos más miedo: nuestra vida ya ha sido salvada de la perdición. Nada y ninguno podrá arrancarnos de las manos de Jesús, porque nada y ninguno puede vencer su amor. El maligno, el gran enemigo de Dios y de sus creaturas, intenta en muchos modos de arrancarnos la vida eterna. Pero el maligno no puede nada si no somos nosotros quienes le abrimos la puerta de nuestra alma, siguiendo sus lisonjas engañadoras”, precisó. 

 

Al momento de los saludos finales recordó que este domingo se celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y afirmó que todos los fieles están invitados a rezar por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Hizo también referencia a que, antes, había ordenado 11 nuevos sacerdotes. 

 

Lo hizo durante una misa en la Basílica de San Pedro, acompañado por obispos y cardenales. De estos nuevos presbíteros, nueve fueron formados en los seminarios diocesanos de Roma y los otros de diversos colegios, también de la capital italiana. 

 

Durante el sermón indicó a los nuevos sacerdotes que edificar la casa de Dios, que es la Iglesia, se hace con la doctrina pero también con las obras, porque “palabra y ejemplo van juntos”. Constató que ellos, con el sacramento de la confesión, podrán quitar los pecados en nombre de Cristo y les imploró: “Por favor, en nombre del mismo señor, les pido ser misericordiosos, muy misericordiosos”. 

 

Y apuntó: “Lleven la muerte de Cristo en ustedes, caminen con Cristo en novedad de vida, sin cruz no encontrarán jamás el verdadero Jesús; y una cruz sin Cristo no tiene sentido”.  

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