¡Que horror!, el confesor chateando en plena confesión, ¡gravísimo!

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Piacenza: no a los curas que “chatean” en las redes sociales durante las confesiones, «acto gravísimo»

"Lectio" del Penitenciario Mayor durante el curso sobre el Fuero interior que comienza hoy en Roma: «La confesión es escucha y encuentro con Dios; no se entra al confesionario con el celular encendido» 

Un confesor


Pubblicato il 05/03/2018
Ultima modifica il 05/03/2018 alle ore 18:58
CIUDAD DEL VATICANO

  

Prohibidos en cualquier confesionario celulares, “smartphones”, tabletas y cualquier otro aparato tecnológico que pueda distraer al sacerdote durante el que es un momento fundamental para la vida de los fieles, sobre todo de los jóvenes, y desvirtuar de esta manera el sacramento. El cardenal Mauro Piacenza, Penitenciario Mayor, no usa medias tintas durante la “lectio magistralis” con la que se inauguró el 29o curso sobre el Fuero Interior que comienza hoy en el Palacio de la Cancillería en Roma (y que durará hasta el 9 de marzo): «Se tiene noticia de algunos confesores que “chatean en las redes sociales” mientras los penitentes hacen su acusación. ¡Este es un acto gravísimo, que no dudo en definir: “ateísmo práctico”, y que demuestra la fragilidad de la fe del confesor en el evento sobrenatural de gracia que se está viviendo!», dijo el purpurado. Y añadió: «No es raro, desgraciadamente, recibir quejas de fieles escandalizados por la distracción del confesor, que no presta atención a sus palabras o, incluso, está haciendo otra cosa durante el diálogo. Bajo este aspecto, se me permita una sola indicación, que vale para todos: no se entra al confesionario con el celular encendido, ni mucho menos se usa durante los coloquios sacramentales». 

  

La confesión es antes que nada «escucha» (a 360 grados), además de «encuentro» con Cristo, auténtico «espacio de libertad», ocasión para identificar la propia «vocación». Por lo tanto, una ocasión para que todos los fieles (particularmente los jóvenes) vean satisfechas las «necesidades múltiples y universales» de cada persona humana: «belleza, justicia, libertad, verdad y amor». 

  

El confesor está llamado a reconocer «“la apertura del corazón” de quien se acerca al sacramento de la Reconciliación, sobre todo si se trata de un joven», teniendo en cuenta que «quien se acerca lleva a cabo una decisión libre y contracorriente». Hasta hace medio siglo, anotó el Penitenciario Mayor, era casi descontado que las personas se acercaran a «eso que muchos definen “el sacramento difícil”, por mera costumbre o condicionamiento del contexto». Ahora, es «incontrovertible» que «no hay nada que culturalmente invite a la reconciliación sacramental». 

  

Con mayor razón, entonces, el confesor debe adoptar una «actitud de profunda “valoración del penitente”, que significa dar valor no a su pecado, ciertamente, sino al gesto de acercarse al sacramento, para pedir perdón a Dios». 

  

Para hacerlo, hay que tener en cuenta un presupuesto fundamental: «los sacramentos son acción de Cristo y de la Iglesia», subrayó Piacenza. Por lo tanto, «no se puede pensar reducir los sacramentos a mera auto-manifestación de la fe personal, como sucede en ciertas tendencias actuales de la especulación teológica». En particular, el de la reconciliación, que solo en apariencia tiene «como protagonistas al sacerdote y al fiel, sino que, en realidad es un encuentro del penitente con Cristo mismo». Esta conciencia «plasma» el «rasgo humano del confesor» hacia una mayor caridad. 

  

No siempre es fácil: a menudo los penitentes llegan al confesionario con «expresiones inadecuadas, a veces incluso distorsionadas o pretenciosas». Sin embargo, recomendó el cardenal, «la sabiduría del confesor debe saber leer» también en ellas «el eco remoto del anhelo de felicidad y de cumplimiento, presente en el corazón de cada hombre». «La acusación de los pecados –explicó Piacenza– es, objetivamente, un momento de crisis, de poner en discusión el propio juicio, las propias expresiones, las propias obras (pensamientos, palabras, obras y omisiones). Por esta razón es indispensable pedir al Espíritu Santo la gracia de que esa “crisis” se transforme realmente en un momento de crecimiento, mediante el encuentro con Cristo». 

  

Un encuentro que es «capaz de re-construir nuestro ser, destruido por el pecado». El penitente lo sabe, o, en el caso de que no fuera consciente de ello, al acercarse a la Reconciliación «pide al Señor ser re-creado, pide que su vida sea transformada». Por ello, es clara «la enorme y santa responsabilidad el sacerdote, en cada una de las confesiones, para cada uno de los penitentes, para que el encuentro con el Señor nunca sea obstaculizado». Aunque ello no implique nunca «la renuncia a la tarea de “juez y médico”». 

  

El Penitenciario Mayor aclara también otro punto: «la dinámica relacional, presente en la celebración del Sacramento, tiene en sí misma un valor vocacional», entendiendo por vocación no tanto «la decisión que el “yo” toma, sino, más bien la libre decisión que Dios toma, estableciendo la forma de la relación que cada uno vive con Él». Claro, puede haber casos «existenciales en los que la conversión coincida con la vocación, pero –advirtió el purpurado– siempre es oportuno verificar que las dos realidades se distingan y que el fiel, sobre todo si es joven, no intercambie el entusiasmo por la vida nueva en Cristo con una simple llamada». 

  

En su “lectio”, Piacenza también insistió en la dimensión «dialógica» de la estructura de la Reconciliación. Diálogo que, por parte del penitente, se traduce en el «delicadísimo momento de la acusación» de los propios pecados; por parte del confesor, en escucha «del hermano más débil y pobre». Escucha «atenta, prudente, urgente, capaz de apreciar los matices»; escucha «profunda y paternal del penitente»: este es «el primer paso de ese “milagro de cambio” que la confesión determina». Y «es fruto de una gran autodisciplina», dijo el cardenal, por lo tanto, «debería siempre insertarse generosamente en un normal horario de empeños semanales, y precedido de algunos momentos de recogimiento profundo y de oración, pidiendo volverse verdaderamente capaces de escucha, con la consciencia dramática de la importancia, a veces determinante, de nuestra mediación humana». 

  

De esta manera se puede animar al fiel «a confesar incluso lo que (errando, se espera invenciblemente) no creía poder confesar». 

  

Para los jóvenes la escucha es una necesidad fundamental, insistió el cardenal, considerando la «ausencia» en nuestro tiempo de «figuras capaces de auténtica escucha». «Los jóvenes –dijo pensando en el Sínodo de octubre– con sus esperanzas y desilusiones, con sus deseos y sus contradicciones y sus miedos, tienen urgente necesidad de ser escuchados, no solo por los propios coetáneos (admitiendo que sean capaces de escuchar), sino sobre todo por verdaderos adultos, autorizados, acogedores, prudentes, capaces de una visión unitaria del mundo, del hombre y de la vida, capaces de ser para los jóvenes puntos de referencia firmes, afectivamente significativos y existencialmente determinantes».  Adultos que «no elijan nunca en lugar de los jóvenes, sino que les sepan indicar, estable y razonablemente, la meta y el camino para llegar a ella, apoyándolos en el camino, a veces arduo, que cada uno debe hacer personalmente». 

  

El penitente, pues, sobre todo si es un joven, «tiene el derecho de escuchar, de los labios del confesor, no las opiniones personales de un hombre, por preparado cultural y teológicamente informado que esté, sino sola y únicamente la Palabra de Dios», «interpretadas por el Magisterio auténtico», precisó Piacenza. 

  

En la “lectio” no podía faltar una referencia a San Juan María Vianney, el santo cura de Ars, «gran y ejemplar confesor». «Dios nos perdona, aunque sepa que seguiremos pecando», decía el sacerdote. No se trata de «justificar el pecado», explicó el cardenal: esta afirmación «simple y profunda» nace de la «real constatación de la fragilidad humana y de la herida del “pecado original”», que incide en facultades superiores como la inteligencia («que no siempre conoce lo verdadero»), la libertad («que no siempre elige el bien») y la voluntad («que no siempre hace el bien»). 

  

Así pues, la Confesión se puede definir «como un espacio de libertad, es más tal vez el único y verdadero espacio de auténtica libertad» que tiene el hombre, afirmó el Penitenciario. «La libertad, de hecho, no es “ausencia de vínculos” o de condicionamientos», sino «certeza de ser amados incondicionalmente». «No existe otro lugar, en la tierra, como la Reconciliación sacramental, en el que sea posible tener una experiencia análoga: no solo ser amados incondicionalmente, a pesar del propio pecado, sino también ver destruido el propio pecado y ser amados plenamente, infinitamente». 

  

En este horizonte de libertad, «es posible intuir la vocación y elegir no seguirla», como sucede en el episodio evangélico del “joven rico”. Jesús «no detiene a su interlocutor con más razones persuasivas; sigue amándolo, pero se rinde humildemente a sus decisiones». El confesor está llamado a ensimismarse en esta actitud, respetando «las decisiones del penitente». No significa, de ninguna manera, «compartir y “bendecir”», sino «simplemente aceptar no poder sustituirse a su libertad». Y este, subrayó el cardenal, es «otro gran error de la cultura contemporánea»: pretender «no solo que las aberraciones sean respetadas, sino que sean compartidas y bendecidas y que nadie se permita decir lo contrario, afirmar la existencia, por lo menos, de una alternativa real y posible. Solamente el cristiano logra distinguir todavía adecuadamente, por amor, el error y quien yerra». 

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